RAMIRO AGUIRRE

Nace en Arandas, Jalisco, el 22 de mayo de 1960. Escribe porque sí, desde hace veintitrés años. Formó parte de talleres de creación en Guadalajara, donde radica y acreditó la profesión de abogado, que desempeña. Robando horas al sueño logró concebir unos mil textos, que nunca rebasaron el estatus de bocetos para posibles poemas futuros. “Con el borrador se escribe”, escuchó decir a alguien. Por ello se aplicó a desescribir lo escrito, mas siempre fracasó: lograba rescatar un verso válido entre sin cuenta que valían un pepino. Al desescribir siempre pensó —inocente— que escribía, cuando no hacía otra cosa que constatar sus límites. Los pocos poemas que armó con los versos indultados de la sistemática degollina perpetrada por sí en sus textos, adolecen de falta de unidad semántica. Publicó dos libritos y unos diez poemas en revistas. Los restantes cuarenta (poemas, no libros) que considera publicables y se atrevería a suscribir, permanecen inéditos. Para explicar su magra producción piensa en Kavafis, Rulfo y Gorostiza. Lo sabe ahora: los poemas se escriben, el poeta es sólo su instrumento. Sigue escribiendo, desescribiendo y rescribiendo porque sí. Sin pose afirma ser incapaz de dejar de escribir.

Libros de poemas: Huellas en la niebla, Guadalajara, Mala Estrella Editores, 1995. Astillas de agualumbre, Guadalajara, Secretaría de Cultura de Jalisco, 1995.

 

ACUMULADA PALABRA, DEL NACIMIENTO
a la muerte
somos lo que escribimos.

Eterna realidad, milagro,
se basta para defenderse o explicarse
el poema

Nada le muestran sus visiones,
sabe apenas nada
lo que escribe el poeta:
ignora por qué lo escoge
el poema
como el árbol ignora
por qué frutan sus ramas.

¿Debe de explicar la caña el sabor de su savia?
¿Qué demiurgo desde el fondo
sin fondo de la piedra teje el brillo del diamante?

¿Qué puede explicar el poeta
al relámpago que desgaja la noche
que no esté dicho ya
en ese vertical instante?

¿Cifra un sentir o existir el poema?
¿Hay alguien ahí?

NADA TE DARÁ ESCRIBIR UN POEMA.
A ningún lugar llegarás.
No hay Ítaca. No hay camino.
Habrás de inventar el tuyo.

No alivias el aburrimiento de los días,
ni conquistas la estima de los otros,
ni el amor, ni el pan.
El mundo no cambia, y nadie defiende tus versos.

No ahuyentas el cansancio de tus hombros machacados
ni entiendes el lenguaje de las olas;
los pájaros no cantan para ti
porque hubieses escrito un poema.

No evitas tu muerte.

La poesía no hace nada por ti ni por los tuyos.
Nunca retribución obtendrás: abismos.
Te señalarán: “ese malparido escribe poemas”.

Cuando estés en medio de la noche
solo con tu alma
y sientas tu respiración al ritmo del universo
entenderás lo único que la poesía puede darte.

HABITADO POR LA INDEFINICIÓN,
la nada,
solo, pensativo y rodeado
de libros que no he leído
y forman, si acaso,
un camino a transitar antes de morir;
estoy aquí: reinicio mi vida,
continúo el poema que todos,
cada uno a su manera,
escribimos.
La vida, en ocasiones, no deja vivir;
pero siempre alguien escribe,
lo que a él toca
de ese poema
de todos.

Oficina

DE PIEDRA EL AIRE,
la soledad glacial;
todo, desierto inmenso.
El espacio está rígido;
el tiempo, suspendido.
Un gran rumor de tedio
anestesia las horas
y nos sigue
por dentro.

MARGARITA HERNÁNDEZ

G
uadalajara, 19 de agosto de 1960.
Bendición o maldición, soy fruto de dos culturas y dos países. Mis padres me trajeron a Estados Unidos cumplidos los siete. Desde entonces y hasta la muerte de mi padre a mis veinte, las vacaciones de verano las pasé trabajando con mi familia en el campo y en las “pizcas” del norte de California (y el estado fronterizo de Washington). Mi vida tiene algunas constantes: el ir y venir de uno a otro país; la vivencia del abandono y la soledad, y el desencuentro y el reencuentro con todo aquello y todos aquellos que me definen.
Hija de campesinos michoacanos, soy guadalajareña. Para orgullo de mi padre, hasta donde sé soy la primera de incontables generaciones anónimas en ir a la universidad. Estudié en la Facultad de Psicología de la Universidad de Guadalajara, para terminar no ejerciendo el psicoanálisis, que fue lo que me llevó allí en primer lugar. En ese tiempo, para mantenerme, trabajé el turno nocturno como correctora de El Occidental.
Con todo esto, sigo sintiéndome guadalajareña en el exilio. A México y a Estados Unidos los vivo con intensa ambivalencia. Por eso decía que maldición o bendición, soy fruto de ambos países. Bendición porque hablan de mí Carly Simon y Astrid Hadad, Lucha Reyes y Billie Holiday, Pedro Infante y Louis Armstrong. Mis himnos personales son una canción de Paul Simon (“I am a Rock”) y otra de José Alfredo (“Alma de acero”). El mariachi, el bueno, como el tequila, se me anida hondo en el alma pero el blues se me anida en el mismo sitio y en la misma medida (será por eso que a mí me aparece afortunado el experimento de Betsy Pecanins). Maldición porque en ninguno de los dos estoy totalmente a mis anchas; me he “agringado” demasiado para México y soy demasiado mexicana para Estados Unidos.
Vive aún mi madre; tengo una hermana casada y con tres hijos, y tengo una hija. La milagrosa presencia de mi hija en mi vida me hace humilde y digo (yo la ex atea) que ella es prueba de que Dios seguro me ama.
Para escribir (y pintar), hurgo en el tiempo para hacer tiempo. Así han surgido los siguientes versos de mi libro inédito Mujer rota y continente.

 

Infusión de flores amarillas

HUELE A INFUSIÓN DE FLORES AMARILLAS DE LOCURA AÑIL
de frutos acres madurados en dos ciclos y en dos lenguas

bébela, mujer en ruinas, bébela y vomita:
arañas dromedarios libros huesos nidos de pájaros músicas
escaleras pesticidas frutas recién cogidas del árbol cucarachas
leche hervida puercos muertos piedras vueltas molcajetes
arroyos secos con mierda nixtamal moscas
mosquitos sanguinarios amaneceres hostiles meados de borrachos
voces estridentes árboles quemados por el sol rebozos deshilachados
hostias sin bendecir enaguas enlodadas alacranes colorados zapatos
manteca matrices y ovarios penes y testículos escleróticas amarillentas
flores marchitas cántaros sin agua conchas y cuernos

bébela, mujer recinto, bébela y vomita:
niñas vejadas en lo oscurito niñas pendejas
niñas inútiles niñas obedientes niñas sin cerebro
niñas sin lengua niñas de ojos desmesurados
niñas aterradas de tus pesadillas
niñas ultrajadas mientras a ti te ponen una pistola en la sien
niñas con la entrepierna cubierta de semen y los ojos vacíos
niñas temerosas del diablo niñas a las que les chingaron la madre
niñas con el alma muerta muertas de miedo
niñas comevergas niñas petrificadas
niñas con el culo adolorido
niñas agazapadas en viejas gordas y cuarentonas
niñas pegajosas niñas estorbo
niñas asombradas ante el espejo niñas esperpento
niñas abandonadas

bébela, mujer desollada, bébela y vomita
vacíate, huella de mujer, y ábrete de piernas
embrócate
tu locura busca su lugar

El amor se tiende y agoniza
[miércoles 19 de septiembre de 2001, dallas]

i
MANDE YA AVISAR, MUJER. ES URGENTE.
No olvide a ninguno: Sabines, Jorge, Violeta,
Víctor, John; Pablo que llegue con Paz.

Conviene que tampoco falten Pedro, Julio y Amparo;
es infaltable José Alfredo con tequila y guitarra,
mándele decir que de una vez se traiga a Cuco y Javier.

¿Podrán venir Alfonsina y Virginia?
Ay, por Dios, que no falten Agustín y Rulfo,
pídales que traigan los cigarros.

No olvide los cirios y las flores:
sólo alcatraces y cempasúchiles.
Pida también azúcar, canela y café.

Alrededor del lecho de sábanas blancas
ponga sillas y mesas para los dolientes.
Hasta aquí su papel de anfitriona.

Aunque no rece, mujer, busque un rosario,
búsquelo de cuentas negras engarzadas en metal oscuro;
le servirá contar sus cuentas de doce en doce.

ii
EL AMOR SE TIENDE Y AGONIZA.
Mujer, cúbrase la cabeza con mantilla negra.
Lleve con cuidado esa rosa roja en sus manos.

No cierre los ojos ni se ocupe de cosa otra,
prepare la vieja vasija de barro;
dentro de poco verá la rosa en corazón desmenuzado.

El amor yace moribundo, ¡ay!
¿Qué pueden decir ahora, poetas y cantores?
Hablen, alcen la voz, aspiren el humo, eleven las copas.

Hablen de este dolor diseminado
por todos los campos yermos del alma viuda.

Canten pesarosos de esta aflicción que corona
con moños negros los dinteles de puertas y ventanas.

Hagan un recuento de cuando sano y diáfano
el amor se vertía en las risas y en las manos.

Digan las veces que sobraban las palabras (sus palabras, poetas todos)
porque el amor mudo todo definía.

Cuenten las noches de ternuras y calideces plenas,
los soles conquistados con los brazos enlazados.

Expliquen la llegada del hartazago y del hastío,
cómo se fueron acomodando en telarañas y resquicios.

iii
SILENCIO, FANTASMAS, SE PREGONA YA LA INMINENTE AUSENCIA.
Se carga el aire de inviernos y soledades en el destierro.

Ella sola maja el corazón que lleva en las manos.
Su sufrimiento le cincela ese rostro que hoy estrena de vieja nueva.

Mujer, acércate, el amor te tiene sus últimas palabras:
“La amplitud de tu dolor es la amplitud de la riqueza que te di”.

MARÍA LUISA CASTILLO MAGAÑA

G
uadalajara, 22 de agosto de 1960. Las imágenes llegan a mi mente en desorden al escribir lo más importante de mi vida: los primeros recuerdos son sensaciones, sonidos, imágenes elementales del pueblo de mi abuela. El venir de una familia numerosa (diez hermanos) y tradicional, definitivamente influyó en la persona que ahora soy. Los recuerdos de la escuela que me gustaba mucho. El espejo enorme que me devolvía siempre la imagen con sus cambios.
Ramón, mi padre, que viajaba mucho y mi madre que se quedaba en casa cuidándonos; un padre complaciente y dador y una mamá como una presencia cierta. Angélica como su nombre. La influencia de mis hermanos mayores que escuchaban el rock de los sesenta (año 60: nací un 22 de agosto, en la ciudad de Guadalajara) con Los Beatles siempre presentes, la información del socialismo en la prepa (en la Escuela Vocacional), mi encuentro con la ciencia-ficción en la adolescencia, que me fascinaba, mis primeras experiencias en la prepa, el grupo donde cantaba canciones de protesta y los viajes a Cuba. Salir de mi casa en mi primer departamento a los 23 años, mi búsqueda personal en la meditación.
Mi gusto por el canto, gracias a mi mamá, cantarina de siempre (las canciones de Serrat), y cuando la poesía me encontró fue tratando de escribir artículos serios de psicología, carrera que estudié en la Universidad de Guadalajara Mi afán de conciliar la poesía y la psicología (que, creo, van hacia la búsqueda del ser) convergen el entrar al antitaller de Raúl Bañuelos en 1992. Esa constante continuó mi búsqueda después en los talleres de Carmen Villoro, Patricia Medina y Francisco Cervantes, y actualmente sigo trabajando en éstos mis dos amores: escribiendo, leyendo, estudiando, y en la maestría en Terapia Gestal.

Libros de poemas: Todo pasa en Gaia, Guadalajara, Sextante, 2001.

 

Sombra

LA QUE ESCRIBE NO ES MI SOMBRA ENTERA
sino una gota de la sombra de todos
hecha tinta
esta sombra que se alarga ante lo triste
se acomoda en los rellanos de las puertas
se viste de borracho
que arrogante habla de Bukowsky
aparece en la crueldad del niño,
en las mentiras de las madres
en el pecho de los muertos
por la guerra
se encoge entre los que huyen
habita en los ojos de las mujeres golpeadas
se funde en la noche
en la sordidez de la zona
cuando los templos se han cerrado
se viste de calma blanca en las pastillas
de los suicidas

EN LA INDIA UN HOMBRE ESCRIBE
un poema sobre las imágenes
en las perlas
que se contienen
unas en otras;
el fantasma de Freud
danza sobre Argentina
mientras el clima acaba con una nación;
una paloma
picotea la cabeza del Papa
y Dios con sus hilos dorados
juega a ser Dios.

AHORA, HOMBRES Y MUJERES ESCRIBEN,
reciclan nombres
ahora, mi madre dormita en la terraza
y un pájaro se baña en la fuente
y el viento despeina la melena del árbol
cruza un avión y salgo de mí;
y el mundo está inmerso en el caos de mi casa;
proceso más que palabra
un soldado toca el piano en Rusia; en medio de la batalla
la gente busca refugio
de los temblores;
las buganvilias cuelgan en este jardín
veo a los niños
que extienden sus manos
como arbustos que buscan el cielo
los ancianos siguen sentados en parques,
indiferentes o ensimismados,
y las palomas aletean ciudades;
veo ahoras, ahoras,
ahoras.
Como semillas.

I

EL TIEMPO SE DESLIZA SOBRE EL AGUA;
la ballena abre sus fauces
junto a los arrecifes
que se mueven al nivel del mar.
soy Jonás dentro de ti
tanta oscuridad me asusta
enciendo un fósforo
que apaga la humedad de tu vientre;
afuera, el universo,
montañas de agua,
se diluye el pequeño rayo
que perfora el azul profundo.
aquí, todo es vacío
útero,
vientre pardo.

CELIA DEL PALACIO MONTIEL

N
ací en México, DF, el 28 de octubre de 1960. Siempre supe que tenía que escribir. Desde niña escribí cuentos sobre princesas mayas, además de poemas sobre los viajes por las extensas planicies del centro de México. Luego, en la adolescencia, ya en Guadalajara, escribí historias de amor. Historias eróticas que me ganaron lectoras atentas en las clases de la secundaria y la desconfianza de sus padres. Al salir de la prepa, había escrito una novela de cinco tomos (como quinientas páginas) y un centenar de novelas cortas.
Entré a la Facultad de Letras y ahí escribí mi primera novela “en serio”, que afortunadamente no se publicó. Siguieron las investigaciones sobre historia de la literatura en Jalisco, las malas y buenas compañías, el regreso a la poesía. Gané un premio escolar. Desde entonces intento escribir una novela histórica. Para ello me dieron la beca Jóvenes Creadores del Fonca, en 1990. El personaje principal de esa historia me persigue desde la Guadalajara del siglo XIX aún hoy. He escrito más de mil páginas de esa novela que no logro concluir. Entretanto, he escrito cinco libros de historia de la prensa en México, he publicado poemas en revistas mexicanas y extranjeras y algunos cuentos en revistas virtuales y he ganado otro premio de poesía. Entretanto, conseguí un doctorado en Historia y me desempeño como investigadora en la Universidad de Guadalajara.

Libros de poemas: Espirales, Culiacán, El Mimeógrafo del Fauno, 1989. Otra bugambilia en la ventana, México, DF, Fonca-Universidad de Sinaloa, 1995. Espirales del deseo, Xalapa, Nosotros, 1999. Manantial de arena, Guadalajara, El Ángel del Deseo, 2000.

 

Las Momias

NOS DESPOJARON DE LA DIGNIDAD DE NUESTRA MUERTE
Nos exhiben en cueros
Las vergüenzas de fuera
Piel y dientes
Lengua y uñas
Flácidas barrigas, ajados senos
Miembros colgantes
Y pelos.
Muestran el grito eterno
En que se nos convirtió la cara
Exhiben sin pudor nuestros tumores,
Nuestras grietas,
Nuestros hoyos:
—cuencas vacías,
balazos añejos, dientes perdidos—
nuestras miserias.
Rastros de sangre
Una media.

Vienen a vernos
las momias vivas se horrorizan
de su futuro.
Regresan a su mundo tratando de olvidarnos
Negando la certeza de la muerte.

Parto de iguanas

¿Y SI SE ME OCURRIERA
Comenzar a parir iguanas
Como a la mujer en el cuadro de Toledo?
Miles y miles de iguanas
Con piel de terciopelo
Engendradas
De tu olor y sabor del trópico
Engendradas
De tanto silencio
Escondido
Detrás de las palabras.
Iguanas dulces
Como aves de la selva
Y sirenas aladas
Y estrellas de diamantina
En una noche de diciembre
Nomás por sorprenderte
Por borrarte la sonrisa
Tambalearte
Y tambalearme
Las certezas
Nomás por hacer de nosotros
Otros
Polen y diamantina
Convertidos en susurro
Y piel de bronce.

Obituario

LA SOLEDAD HA MUERTO.
Sólo queda su fantasma en el espejo.
Como a Mambrú la llevan a enterrar,
en la cripta de un castillo
donde doscientas vírgenes
cantan a coro los salmos olvidados
de los frailes heréticos
quemados en la hoguera.

La soledad ha muerto.
Los bufones saltan los aros de fuego
y escancian el vino,
la peste se instala extramuros.

La soledad se murió una tarde de verano
profiriendo juramentos
contra la inmunidad del papa
y la virginidad de la virgen madre.

La soledad murió gritando
que es todo menos pura,
murió diciendo que no se acuerda.
Murió pidiendo que volviera la infancia,
los juguetes amados, las ventanas.
La soledad murió sonriendo en sueños.
Abrazada por fin del ángel del pecado
Abrasada por fin del último deseo.

Postales de Recife

I
CUANDO REGRESE A MI CASA, RECORDARÉ QUE EN EL
aeropuerto Guararapes de Recife en Pernambuco una mujer
obesa reparte información turística y se aburre.
Recordaré que en Praia Piedade un taxista oye alabanzas
y toma lecciones de inglés en sus ratos libres. Tiene información
precisa de los edificios coloniales.
Recordaré que en Santiago de Chile, un hombre con ojos
de jade se hace las mismas preguntas que me hago yo a diario.
Recordaré que en Lima, Perú a un señor que sabe de vinos
le gustan los gatos y hasta conoce a Monsiváis.
No sé muy bien cómo me transformará recordar estas
cosas cuando vuelva a mi casa: tal vez me haga bien, tal vez
me haga otra persona, tal vez me sirva de consuelo el día en
que tu cara sea sólo otro recuerdo.

II
Un gato maúlla amarillo en la sombra puesta a secar de un
templo colonial.
La cerveza del mar a media tarde se vierte en los tarros
recalentados de las calles.
Los peces congelados en batik tiemblan en
tendederos ondulantes.
Las fachadas de madera se regalan en las tiendas.
Una flor de oro susurra el ritual del Candomblé en Olinda.

III
Observar
ir posando la mirada en las fieras interiores
hacerlas tropezar.
Observar,
hacer polvo de estrellas de las piedras de la luna
hasta poder tragarlas.
Analizar
para perderle el miedo
a la boa disecada en la memoria.
Domar al tigre ciego
que choca contra la jaula de las costillas.
Después de la tortura
la incomprensible fiera
de sus cenizas renace.
Le aúlla a la luna de tu cuerpo
temblorosa de deseo.

CUAUHTÉMOC ÍÑIGUEZ PARADA

N
ací a las tres de la tarde, hora algo incómoda, del 15 de noviembre de 1960, en la ciudad que siempre está a flote: La Barca, Jalisco. Cuando nací, el río Lerma aún llevaba agua y era normal que inundara mi ciudad, ahora ya ni siquiera la baña.
A temprana edad, es decir a los ocho años, me dio por las artes, comencé por la típica declamación de festival escolar y luego caí al teatro de escuelita.
Por ahí de los diez años fui a parar a las pastorelas y obritas de parroquia, lo que terminó de lanzarme al mundillo del arte. Luego nada más fue cuestión de irme enrolando en diversos grupos por los que transité de pelo largo y protestas al hombro. Así fui a caer al Centro de Educación Artística del INBA de donde salí en el año de 1981. Los municipios de Jalisco y algunas ciudades de los estados de la república me vieron pasar lo mismo bailando con la compañía Integración de Danza Contemporánea de la Universidad de Guadalajara, con la compañía de teatro La Sagrada Familia, con la compañía de mima y pantomima del Departamento de Bellas Artes, con la compañía de teatro El Nigromante del INBA y con mi propio grupo: Arte%.
En la literatura caí por ahí en el año 1979. Empecé publicando en la revista Adrede y luego pasé por panfletos y trípticos, hojas literarias, y recitales en El Ágora, hasta que en el año 1995 obtuve el premio de publicación de obra convocado por la Universidad de Guadalajara, con el libro Sobre la hierba y otros cuentos.


Canción de amor

HOY VENGO A HABLARTE CON LA VOZ DE NIÑO,
Con la misma que acompañaba los juegos compartidos contigo,
Con esa voz antigua que gritaba “declaro la guerra” y salía huyendo despavorido hacia ninguna parte,
Con ésta que ha de coronar tus cantos nomás por casarse a tus palabras.
Te dejo la voz al pie de tu cama para que te cobijes si sientes frío en el verano,
Para el invierno ya tienes mi cuerpo y mis manos llenas de recuerdos,
Te la dejo a la sombra de aquel pino en el que contabas antes de buscarnos,
Ahí donde volvíamos a hacer sonar tres golpes que milagrosos nos salvaban.

Vengo a dejarte mis sueños vírgenes, aquellos que aún no vienen a mis ojos,
No para que te ayuden a soñar, eso lo haces perfecto,
Sino para que los acompañes y yo pueda sentirme acompañado,
Para que les enseñes cómo se nace a la realidad y cómo se vive.

Hoy vengo a dejarte todo lo que espero ser en el futuro,
El pasado mío, ya lo tienes anclado a tu pasado,
Lleno de bares y de bailes en lo oscuro,
Lleno de besos furtivos mientras no mira tu madre,
Lleno de poemas mal escritos pero ciertos,
Lleno de soledad, por cierto, ¿dónde la tiraste?

Hoy vengo a invitarte a irnos al lugar donde somos otros,
Al sitio mismo donde nacen las nubes y los soles que desgastamos diario,
Deja todo como está, no importa el orden o el desorden,
No importa si te ven los vecinos o si el alcalde desea más impuestos,
Toma tu niña, la que ayer fuiste y extiéndeme la mano,
Volemos a la de tres al infinito.

Tengo amigos

TENGO AMIGOS QUE SE AFERRAN AL VASO DE TEQUILA
Mientras cantan gangosos a la musa perdida,
No son tristes sus ojos ni las notas son suyas,
Cantan por divertirse como quien juega a los dados,
A veces se les pasa la mano y se emborrachan,
Ahí es cuando se vuelven dioses corridos del paraíso
Y se meten en la noche a buscarse una pena propia,
Ahí es cuando se saben inmortales y dueños del amor prohibido.

Tengo amigos que sueñan con los ojos despiertos,
Capturan mariposas con sus voces y las derraman sobre la primer mujer que se encuentran,
Sea vieja o joven, eso no importa.

Tengo amigos que son almas parejas,
Son espejo gemelo de mi alma perdida.

LUIS ARMENTA MALPICA

M
éxico, DF, 1961. Radico en Guadalajara, Jalisco, desde 1975.
Soy escritor.
Tengo la carne dura. Los dientes afilados y oportunos.
El hambre es mi estrategia del recuerdo.
No saqué de la casa de mis padres cuchillos ni juguetes. Dejé su mesa
intacta.
Mi máscara, en el clóset, como otra ingeniería.
“Mi corazón es la ciudad más grande que conozco”.
Radiqué en sus orillas largos años.
Anduve varias cuadras de regreso antes del timbre.
Madre no se asomaba. Me escondía.
Padre tuvo un infarto.
Cuando salió la luna, comencé la carrera.
A los casi treinta años, de lo oscuro de mí, traje a la luz mis íntimas
conjuras.
Este verso es la costra que me dejó el asombro.
Revancha lo que pienso con lo que hice; con padre y madre que amo.
Estos versos, una estrofa —quizás—, reconcilian la sangre con la llaga
y con el brazo, el cuerpo, la humanidad y el mundo.
También saben de Dios. Y Dios lo sabe.
Dios es un mosco grande que me zumba.
Y esta casa es el charco que lo anida.
Este Dios (casi un verso, al decirlo) me tiene de tal manera atado
que me ha dejado libres los poemas.

Libros de poemas: Voluntad de la luz, Guadalajara, Mantis Editores, 1996. Des(as)cendencia / Des(as)cendance, Québec, Mantis Editores-Écrits des Forges, 1999. Vino de mujer, Guanajuato, Ediciones de La Rana, 2000. Ebriedad de Dios, Tabasco, Monte Carmelo, 2000. Luz de los otros, Ciudad del Carmen, Ayuntamiento de Ciudad del Carmen, 2001. Ciertos milagros laicos, Guadalajara, Mantis, 2002. Mundo Nuevo, mar siguiente, Monterrey, Espejo de papel, 2003.

 

Ciudad de mar interno
a mis padres y hermanos

YO FUNDÉ ESTA CIUDAD A LOS QUINCE AÑOS:
qué lentos, tibios ojos conquistaron la piedra
levantaron un muro, fundieron la argamasa
con el pecho caliente de quien llegaba
a ciegas, tropezando su cuerpo
con la vida.

Concebí esta ciudad contra mi vientre, como una madre
indómita y soltera.
Nodriza de estas calles
quién pudiera decir que no son mías
si han secado mi pecho con la sed portentosa
de los recién nacidos
si por sentirme madre recuperé mi nombre
las estrellas robadas al insomnio
de cuando rompía el mar en mis cabellos.

Llegué apenas un niño
pero reconociendo el mineral en piedra que cuajaba:
adamita, geoda, piel de víbora y ónix
mercurio y flor del diablo.
Nada salía de mí
sino el polvo antiquísimo que todo lo destruye.
El silencio: aquel ruido interior que tanto duele
hizo en mi paladar su madriguera.
Pero el mar pernoctaba solamente porque se oía en las gárgolas.
Animal de baldío, descendía de mis cejas a los labios.

En la abierta aridez del horizonte
la piedra que encontré era una flor volcánica.
Contra las telarañas del hastío su fulgor parecía
arrebatar los ojos a mi cara.
Entonces me di cuenta que morir es quedar uno
inmóvil, mirando lo que ya no se mueve.

Bajo la lluvia ajena de esos años
¿quién abría su paraguas
quién me ofreció un sombrero?
La ciudad, sobre todo, que cerraba sus árboles
para que ni una gota mojara mis mejillas.
Pero me pongo triste
y no tengo intención de mencionar la lluvia:
son las cosas sin nombre las que dañan.

Ahora soy de cantera: soy la cantera
que cubre con sus trinos
un doble campanario.

Fundamos la ciudad dijo mi madre
sobre nuestros abuelos.
Y porque la nostalgia es un mar que regresa
de las otras ciudades sumergidas
salí a nombrar el mundo y fui nombrado
pájaro aguacero infinito
era el mar, no mi memoria.
Y nadie me esperaba: nadie más
que yo mismo.

Mi madre remarcaba
con su amor inocente
los troncos de la cerca.
¿Cuál árbol genealógico quedó de las astillas
con que ella nos miraba hacer la casa?
Todavía no sabíamos del viento, las tormentas
la tribu de jejenes que habrían de ambicionar
nuestros relictos.
Atrás venía mi padre: soportando la artesa
las hogazas; las migas
del trayecto
nuestros pasos.

El mar era el instinto de una raza
la sangre que nos latía en las sienes.
Y la que no mirábamos (la ciudad, por ejemplo)
había que pronunciarla para que fuera cierta.

En esta fortaleza no ha habido vencedor ni derrotado.
Cuando llegué, llegamos: mi sombra, mi reflejo
las tantas veladoras que traen un muerto ardiente.
Sahumábamos la noche con un coro de espuma:
el rosario inconcluso de amar
el nuevo exilio.

No vayan a decir que no me pertenece, porque entonces
los cuervos de mi vista devorarán sus ojos
y ladrarán mis galgos a tanta piedra suelta
y una mantis enorme invocará el veneno de todas las migalas
que anidan en mi boca
y entonces sólo entonces
regresaré mis pasos
al océano natal de donde
vine.

Hace un mundo de tiempo que esta ciudad es mía:
la he mirado crecer, como a los árboles
hacerse de ladrillos, de gotas que deambulan
de los rojos tejados
hasta la filigrana de algún cancel de hierro.
Mis ojos adquirieron su forma de planetas
al mirarla: girasoles
que siguieron sus pasos en el día;
y en la noche, dormidos, la aguardaban
porque habría de llegar
de una tibia maceta en mi memoria
aquella rosa
náutica.

También nací en febrero.
El amor se me vino como una enredadera
y conocí los rumbos del colibrí en verano
sus breves picotazos a un cuerpo milagroso.
Esta ciudad abierta como una rosa virgen
me dejaba contar mis aleteos, el olor a membrillo
de la noche, la luna de narciso.

Habito lo que observo sin moverme
en el quieto vaivén de los jazmines.
Por mis ojos algún escarabajo sale y vuela:
atisba por los pozos de la tarde, por si la luna asoma.
Una vez que la encuentra, retorna a mis pupilas
con esos resplandores que presagia el insomnio.
No duermo si la noche impredecible niña
derrama su rocío sobre mis manos
por si puebla de grillos y luciérnagas el patio de mi casa.

Nada es desconocido por mis labios
porque cuento la vida
con la voz asfaltada, repleta de motores.
En cambio, cuando la vida cuenta
me dice
esto es lo cierto.
Con tantas oraciones que me caían del alma
vertí amor y ciudad (piedra con piedra)
por casi cinco siglos.

Habito esta ciudad desde mis ojos.
No existe agua tan sucia que la esconda
o que no la refleje.
A veces piedra viva
y en otras rosa en llamas
dejo escapar el humo por sus hombres.

«Mi corazón es la ciudad más grande que conozco»
me oí decir un día. Pero el amor
la piedra en el camino
tuvo que ser labrada y sostenida
para que ella, otra vez, me sostuviera.
Las piedras de mi casa no sirvieron
para afilar cuchillos. Me hicieron rajaduras, moronas
talco rojo.
Qué tiempo tan lejano: la soledad
se fue como una mosca
al entreabrir la puerta. No quedó ni un zumbido
para oxidar los muebles
para habitar la piedra
de voz
pulverizada.
Las paredes eran más que la tierra: los límites del aire.
Del adobe encarnado, la piel amurallada
protegía un centinela en posición de rezo:
¿qué mantis religiosa vino a comer de mí después
de amarme tanto?
¿cuántos betas (igual que un cabo amarra el aparejo)
con sus rojas espinas fortifican mi sangre y mis tejidos?
¿cómo romper el cerco al bogavante
sin que algún cachalote se suicide en mis ojos?

Esto es, sin más, la vida: la parte del planeta
donde los peces nadan, los insectos fornican
y los grandes crustáceos forman otra ciudad
lejos del hombre.
Pero qué hay de la vida en la ciudad
del hombre
si no un montón de moscas y algunas ratoneras.

La ciudad era un gato que maullaba.
Allí quedó el zapato que había de regresarme:
azul, sin agujetas
sin un rastro de chicle que pudiera pegarle
a lo vivido.

Aprendí de los gatos a no ser fiel al hombre.
Una escolta de pájaros anidó en mis costillas.
Alguien fue en mi silencio larga cuerda.
Anclado al papalote de esta ciudad
al aire
¿qué voy a asir de mí
qué de la vida
de lo que no conozco?
Yo tuve una encomienda:
vigilar a los gatos de mi vida.
Pero los quise libres, alejados del techo y de los muros
encendiendo la noche
en sus maullidos.

El humo desde entonces también conquistó el viento:
primero en las hogueras, después en los carruajes
las fábricas
los hombres...

Yo también soy del humo un vástago viajero.
Estoy en los durmientes, porque en el sueño tuve
convalecencia y fuga: nada más animal que el humo
que el hollín, la ceniza...
rescoldos de ciudad en ciudad
inmolada.
Anduve por los bosques
de mi mano.
Mi amor era un serrucho que todo lo partía.
Cuando los ríos de savia colmaron mi antebrazo
intuí que ya era tarde
para morir a solas.
Así que levanté otra enredadera
una cerca de trigo, algunos pastizales.
Y esta ciudad que miro buey echado tuvo para beber
lo que yo tuve
de agua.

A pesar de los sapos que manejan las charcas a su antojo
esta ciudad es casi transparente.

Nada más de beberla, los hombres resucitan.
Cuando tenía quince años, el río de entre las piedras
me fue desconocido.
Hoy resuenan las lajas de la lluvia y corro
con mis manos en cáliz
contenidas
por un poco de arena.
A la ciudad envuelvo en cuatro alfaidas
mis mareas cardinales
para que, al fin, retorne
hasta mi fuente
por grietas y acueductos.
Mis manos cicatrizan los callos del inicio
de ese tocar la piedra y desgajarla
humedecer los muros de una mirada
triste.
No ha nacido la muerte
que me impida escudriñar el agua
en su entrepierna
el levísimo incienso
que viene con los pájaros.
Mi lengua, una llave ambiciosa, ¿en dónde se perdía
que no me recobrará su cuerpo de jacinto?

Amor: eso es el miedo, el desconcierto
en sílabas.
Ser pobre es estar solo
sin otra alma en el alma en donde guarecernos.
Oír caer la lluvia. No mojarnos.
Toda el agua es terrible cuando la sed es nula...
pero la tierra es tanta que en la muerte nos sobra.

La ciudad no comienza ni termina con uno.

Llegué sobre mis pies: no sé de otra manera
de caminar despacio.
Sin embargo al marcharme seré un intruso
anónimo
que se trague la tierra.
La luz en las paredes ocupará la sombra que no se echó
a morir sobre sus versos.

Esta ciudad ya no tiene memoria.
El amor se le evade
como se fuga el humo de la carne quemada.

La ciudad es de todos
los que no naufragamos.
El mar imaginario está en la piel del hombre.
El mar está en los ojos: lo que miro regresa
se va tras las gaviotas.
Las crestas de lo visto se mojan con la lluvia blanquísima
celeste
que rompe entre las nubes.

Entonces Dios existe.
Entonces alguien llora: esta vez de alegría
porque sigue creciendo
lo que mira...
porque sigue mirando lo que crece...

La ciudad es el hombre
al que uno siempre vuelve
de uno
mismo.

Laudes

CREO QUE ESTÁN TUS OJOS
en los ojos de mi padre
bienamado.
En sus ojos, mi abuela
que parece mirar el infinito.

El sol deja los árboles maternos
y al extender sus alas
ahuyenta a aquellos buitres
que me han dicho
morir.
El aire
me hace poner de pie
y abandonar la piedra de la palabra piedra
con la sed de exclamar
el nombre que he guardado
para que llegue el día.
En este sol en laúdes
No caben las palabras
que hacen sombra.
En tus ojos, Señor
miro nacer mi nombre.

DE LA PALABRA PRECISA, EL SILENCIO ES LA MÁS SABIA:

no me atrevo a decir
que la muerte se oculta entre los labios
y aguarda a que la nombre

En el canto hay silencios que no callan

la palabra precisa de la mujer
para que el hombre sea

EL MAR ES LA MUJER QUE ESTÁ CANTANDO:

dobladas sus rodillas
el hombre mira hacia cualquier crepúsculo
y sabe que el silencio no es más que la esperanza
de ponerse de pie
andar sobre la arena
despojarse de todo rastro de hombre
y humedecer sus labios con aquella canción
que lo arrulló de niño

entonces, solitario
dice el nombre de la mujer amada
y se deja poseer por el géiser altísimo
que nace en su entrepierna

El crepúsculo ahoga cualquier otro sonido

EL HOMBRE ESTÁ OBLIGADO A DECIR UNA PALABRA Y RETORNAR AL SILENCIO anterior que había en su nombre.

Ha cambiado la luz y yo he cambiado. Ya no estoy donde estaba (¿qué fue de la placenta de esa lágrima?) La mujer ya no está donde debiera (¿a quién cubre el pañuelo de su mano?). Miro un copo en la nieve y es todo lo que miro. En el hielo se ha venido ensanchando. Siempre que hablo, se extiende. Toma mi propia forma. No es la arcilla en mis manos la que ha forjado al hombre. Es lo blanco del hielo al encontrar la luz. Es una tumba de agua. Conozco su dureza. He reencontrado el reino del que vine. Esto es la luz. Hágase la palabra.

SELENE BUENO

N
ací en Guadalajara, Jalisco, el 25 de marzo de 1961. Tengo estudios de danza: jazz, ballet clásico y neoclásico y danza contemporánea; con participaciones teatrales (1985-2000). Obtuve el diplomado de escritores en la SOGEM Guadalajara en 1992. Asistí al taller literario de cuento de Carolina Aranda en 1993, el Antitaller de Poesía César Vallejo de Raúl Bañuelos de 1994 a 1998; al taller y curso de poesía portuguesa del siglo XX con el maestro Francisco Cervantes en 1997. Con la maestra Carmen Villoro asistí a un curso de poesía mexicana del siglo XX; a uno de literatura española contemporánea por parte de la Universidad de Guadalajara en el CEDUCA, en 1998, y por último al taller multidisciplinario con la maestra Patricia Medina, de 1998 a 2002. Obtuve un reconocimiento en la Semana Cultural Letras 2mil2 de La Sociedad de Alumnos y el Departamento de Letras Hispanas, de la Universidad de Guadalajara, como ganadora del concurso Cuento y Poesía, en la modalidad de poesía, el 31 de mayo de 2002, con el poema “Raíces de la ciudad”. Actualmente finalizo la licenciatura en Filosofía en la Universidad Guadalajara.

Libros de poemas: Esta casa que soy, Guadalajara, Literalia, 2002

 

Casi una casa

TU MIRADA TIENE ALGO DE CASA
de lámpara encendida en la ventana
que restaura los espacios de la noche

yo miro desde afuera tu casa
como un poema límpido
de verdor de palabra
que nace de algún río cercano

si pudiera quedarme
si tuviera el valor de pedirte posada
desataría rompería mis cadenas con esta llave
plantaría un naranjo en tu pecho
y qué pronto
los colibríes vendrían
a abrevar de nuestra agua.

Intemperie

I
LA CASA SE ACOSTÓ A BEBER SUS PALABRAS
dijo tantas casas
que de un solo trago
se empinó la noche

II
YO SOY LA CASA QUE TU BUSCAS
la casa noche
para tu intemperie

Nido verde

A CADA VUELO DE RAMA EL ÁRBOL GESTA UN NIDO VERDE una vértebra de casa que se deshoja en sombras un alimento que danza cuando el viento crece como el ojo que le invento a tu refugio un relámpago de pájaro musgo un aveluz que incendie esta página sonora yedra escrita desde el bosque de tus ojos porque eres el árbol que construye el marco de un paisaje el tallo de la puerta y ventana la mesa la silla y la cama que nos espera desde su balcón para los primeros cantos en una infancia que trepa al mirador de polvo para barrer fronteras orillas sepias que en la raíz galopan su ondulado instante y en el averío de semillas son racimos de polen y savia del árbol casa que me parpadea.

Tres

NO HACE FALTA REPETIR QUE SON TRES LAS TRISTÍSIMAS que no paran de entristecer sus casas a canilla suelta y en el trajín se quedan tronchadas de salitre en la trilogía de ojos que se hinchan uno por uno en el párpado que gotean los techos una más una en el piso inundan sus trenzadas narices y una más para la trizadura que el corazón tridente y amargo de las tres transita en sus tríos y no cesan todas de trinar burbujas que afloran sus piedras en ríos que no repiten la misma treta en la garganta pues gorgorean triángulos nuevos tragedias que escupen sus antiguos tartamudeos jugando a los tresillos con el llanto de tres tiples desafinadas en el lado húmedo de las casas y al cabo de muchas tropelías nadan sus trilces góndolas en casas que se agolondrinan porque al trisar la atarde de tres en tres las tristes nubes lagrimean su melancolía arriba de sus casas.


I

PIERNA QUE ATRAVIESA LA CALLE
uña que surca levantado polvo del pantalón
de la falda de los resumideros de la siguiente cuadra
donde los árboles brotan de las banquetas
como si les mutilaran la tierra de sus dedos por cemento
y se fueran haciendo la idea de andar así
con sus sombreros a esféricas rutas cardinales
Respiran el humo del tráfico que no cesa
de camiones que parecen pájaros carpinteros
hacen de sus nidos públicos hoteles a vapor
sus ventanas tragan hollín
tejen rutas de macetas: jacarandas inundadas de viejas casas
con rejas que se abren para improvisar sus colores chillantes
se meten en la puerta de un ojo
que se hunde en el vértigo de otro
en los cristalinos de los demás
a medias mutilados en el tacto.
¿Acaso para mirarlos se necesita un poco de magia?
Girar en el punto medio de su esfera
abrir vértices
hacia todos los ojos posibles.

SERGIO CORDERO

S
ergio Javier Cordero Camacho nació en Guadalajara, el 25 de abril de 1961. En esa ciudad, asistió al taller de literatura coordinado por el doctor Elías Nandino y patrocinado por el DBA de Jalisco.
Es licenciado en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Nuevo León y cuenta con un posgrado en Docencia por la Universidad de Monterrey. Fue becario de INBA-Fonapas en poesía (1982-1983); del Instituto de Cultura de Nuevo León en narrativa (1987-1988) y de El Colegio de México para el doctorado en Literatura Hispánica (generación 1990-1993).
Vive en Monterrey desde 1984. En esta ciudad y en Saltillo, ha coordinado talleres literarios de creación, crítica y traducción, para instituciones como el ISSSTE, el Instituto Coahuilense de Cultura, la Casa de la Cultura de Monterrey y el Museo de Historia Mexicana. De 1984 a 1992, colaboró con reseñas y artículos de crítica literaria, traducciones de poesía y entrevistas con escritores en el extinto suplemento cultural Aquí vamos del periódico regiomontano El Porvenir. También ha trabajado como docente en la Universidad de Monterrey y en la Universidad Autónoma de Coahuila.
“Por línea paterna, provengo de una familia de músicos y pintores. De la línea materna sé mucho menos, sólo que mi abuelo dedicó su juventud a predicar por los pueblos del norte de México.
Mi padre, colimense, y mi madre, de Saltillo, se conocieron en Guadalajara. Se casaron y tuvieron ocho hijos. Soy el segundo de tres varones.
Muy joven, mi padre abandonó el teatro por la contabilidad y decidió que el futuro de sus hijos estaría en el comercio. Como semejante destino me condenaría a ser gratuitamente el empleado vitalicio de mi hermano el mayor, opté por seguir mi propio camino. Desde los catorce años me dedico a la literatura.
Al morir mi padre dejé la casa familiar. También dejaría la ciudad en que nací, siguiendo el consejo de mi maestro del taller de literatura, el doctor Elías Nandino: ‘Guadalajara es una china poblana que no sabe caminar con tacones altos. Si quieres crecer y madurar, vete de aquí’.
Y lo hice. He pasado la segunda mitad de mi vida en Monterrey. En esta ciudad he logrado, como escritor, cosas que en Guadalajara me hubieran sido imposibles. Aquí conocí a mi actual pareja. Tenemos una hija.
Pero debo admitirlo: escribo siempre con los ojos puestos en mi patria chica, en mis hermanos, en mis padres, en todo a lo que tuve que renunciar para ser yo mismo.”

Libros de poemas: Testimonios del día, Guadalajara, Cuarto Menguante, 1983. Vivir al margen, México, DF, Fondo de Cultura Económica, 1987. Oscura lucidez, México, DF, Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Coahuila, 1996. Luz cercana, Puebla, LunArena, 1996. Sonetos familiares, Monterrey, edición del autor, 2001.

 

Currículum vitae

DILAPIDÓ EN ESTÚPIDOS PROYECTOS
e1 caudal de su ira
y después
miró ante sí una puerta,

Fatigado
tuvo que recargarse
en el dintel de sus cuarenta años
antes de abrir la puerta y contemplar
sus perspectivas.
Más allá, el futuro
el destino —el nombre es lo de menos—
le dieron a elegir
varias salidas:
el corazón que estalla,
la ventana al vacío,
el largo viaje detrás de un escritorio.

Sensatamente,
optó por lo primero.

Revisión de la infancia

1
ENTRA AL CUARTO DE SUS PADRES
y mira, en la penumbra,
el reloj descompuesto.

Luego sale de sí,
penetra en los objetos
y no vuelve.

¿Has oído
ese llanto lejano
por las tardes?

2
A mis hermanos
NO PUDIMOS HABLAR, SER OBEDIENTES
fue nuestra obligación, nuestros deseos
murieron sin mirar hacia afuera.
Tuvimos que escarbar, creamos el mundo en el patio de la casa;
en las cuatro paredes descubrimos que la cal era el único alimento
y creímos haber envejecido: nuestro pelo también estaba blanco.
Pero ahora ¿con qué nos cubriremos?
Alguien prendió la luz y no hubo vida, todo fue un engaño.
No se puede morir si no se vive.
No podremos morir.

3
FALTÉ A LA ESCUELA
y saliste a buscarme.

Le preguntaste a todos por mi nombre,
nadie sabía mi nombre.
Yo cruzaba
la noche por un puente
y miré
las luces de los autos
esperando encontrar
a la vuelta de una esquina
la casa de mosaico y piedra negra
donde vivíamos juntos.

Ahora
sé que la búsqueda no ha terminado:
oigo tus pasos, que no vuelven la espalda,
y tras ellos —muy lejos, muy atrás—
corre ml llanto;
cruzo
por el puente que dejaste tendido
cuando todo dejaste
e interrogo, como antes,
a esas luces que salen de lo oscuro.

Hace mucho que tengo siete años
y no encuentro la casa todavía.

Kagemusha

NO REPUDIO MI SIGNO: ESTUVE SOLO
pero ahora comparto
el dolor de la sombra que ha perdido su cuerpo.
Yo fui el sustituto de El Guerrero
e hice tan fielmente mi papel
que sus seres queridos me amaron
y bastó poco tiempo
para que, sorprendido, me descubriera amándolos.
Aspiré, con el polvo, los hedores triunfales
de su última batalla
y sentí que era él...
Pero no, no era él.
Descubrieron que yo era una mentira,
me llamaron ladrón
y fui expulsado
y vagué por los campos amarillos
como fantasma diurno.
Crucé por las batallas
esperando ser digno del estandarte de Mi Señor
y mi locura hizo que me hundiera en el río
con el agua quemándose en mi pecho.
Y aquí estoy,
fuera ya de la historia,
esperando para lanzar el grito
mientras arriba —en la superficie— se escuchan
los últimos acordes del himno, la derrota.

La bicicleta
A Minerva Villarreal

LA BICICLETA
lanza su sombra al pavimento
—interminable cinta—
como sólo ella sabe.
La sombra crece, se estira allá, muy lejos,
y alcanza la otra orilla;
luego viene y me cuenta
o, si no,
desaparece, se pierde en un suspiro
y otra surge despacio
para cubrir la ausencia
de la sombra que somos mi bicicleta y yo.

Continúo pedaleando,
ruedo vertiginoso,
me trago e pavimento de esta noche;
luego miro el reloj: la una y quince.
Me hundo lentamente por el paso
a desnivel, desaparezco apenas,
pero vuelvo a surgir del lado opuesto
como si así espantara a una parvada
de pájaros chillones
y el mar, atrás, me fuera persiguiendo.

Finalmente, cansado, adolorido,
me detengo a las puertas de la casa.
Dejo la bicicleta en la cochera;
reclino sus manubrios pensativos
—el niquelado brillo de su acero—
y mi propio cansancio
de cara a la pared.

Deseo de raíces
dichoso el árbol que es apenas sensitivo
Rubén Darío

ESTA MAÑANA ALGO SE DETUVO
y muy a pesar mío
espero en un sillón,
deseoso de raíces.

Quiero sentirme árbol
no para dormir
ni para morir menos
—bastaría con echar a la basura
mi endeble filosofía de la vida— ;
simplemente
me duele la cabeza.
A los árboles nunca
les duele la cabeza,
nada saben
de mis antesalas
en sillones cafés imitación cuero
mientras contemplo la miseria azul
de mis zapatos tenis.

Algún día
—sin embargo .
consumiré el pasillo.

Más vale no correr sobre su banda
sin fin. (Por un tropiezo,
el que temía bajarse de la cama
saltó del piso diecinueve.)

Dejará de dolerme la cabeza
y volveré a sentir calor o frío
pero emociones no.
Terminará esta envidia de raíces
donde el árbol espera para darse
y yo para pedir.

Provincias

1
LA LUZ, ATRAVESANDO LAS ARCADAS,
inaugura pasajes y descansa
como si se tendiera en la palma de la mano.

Vengo de una ciudad donde es ciega la carne
y las mujeres escuchan un frustrado caballo de madera
en el triste crujir de sus camastros.

Despierto: las campanas volaron y su eco
es un espíritu que avanza por encima de Dios.

2
NO CONTEMPLES A LOS PERSEGUIDORES DE UNA VOZ QUE FUE SUYA;
no debes saber nunca que miraron tu afluente y se quedaron sin reflejo
porque ese canto dibujaba un ritmo,
un contorno de ola que descubre la cima donde siempre me dejan las palomas,
me persiguen los niños y, al final de la plaza,
tú me esperas.
Amiga, escribamos la historia de ese lugar que duerme en tu niñez,
desanda el empedrado
como si recogieras en tus ojos la humedad de las sombras.
Olvida esas provincias que repudian tu huella.
No podría soportar que nuestro cuarto ya sólo fuera mío
y los ruidos huyeran murmurando por la puerta entreabierta.

3
CUANDO NOSOTROS ESTAMOS SEPARADOS,
en las calles que renovó la lluvia camina la profunda figura de un viajero.
Dormía en los asilos del monólogo —porque no hay otro nombre
para esos callejones donde el frío es una forma de callar y herirse—
y, en el umbral de una sonrisa cándida,
relata los detalles de la autobiografía
con un calor de sílabas tocadas como uvas o senos.
No pregunta jamás si ego te absolvo.
Y cuando se levanta,
cuando nace sola, ciegamente, a caminar desnudo por las calles,
va iluminando los callados sitios donde nos encontramos
con esa luz de litoral propicio a las celebraciones.
Lo sabemos: ha llegado el momento de empezar otra vez.

JESÚS DE LOZA PAIZ

N
ací en Guadalajara, el 21 de agosto de 1961. La casa de mis padres, Porfirio de Loza de la Torre y Jovita Paiz Muñoz, estuvo en Aldama 14, en el sector Reforma. Por circunstancias familiares surgidas a la muerte de mi padre, me crié en el campo, con mis abuelos maternos. Inicié mis estudios de primaria en la escuela rural de una ranchería llamada San Agustín, municipio de Tototlán, Jalisco. A los once años, en 1972, regresé a Guadalajara y terminé primaria tres años después (en 1975, en la urbana 165, colonia Morelos) y secundaria (número 7 para varones, en Lomas de Polanco). Después de terminar la secundaria, trabajé trece años en una empresa comercializadora de pisos y recubrimientos, unos años como ayudante repartidor, otros como encargado del almacén. Después de dos intentos fallidos por estudiar el bachillerato nocturno, decidí ingresar al taller de literatura Elías Nandino, del que fui miembro entre 1986 y 1987. En 1992 gané el premio de poesía Clemencia Isaura, que se convoca en Sinaloa con motivo del carnaval de Mazatlán. Ya escribía poemas desde la secundaria, muy malos y cursis, por cierto. En mayo del mismo 1992 renuncié a la empresa mencionada e ingresé a trabajar como corrector nocturno al periódico El Occidental y, en forma paralela, de día, a la Dirección de Publicaciones de la Secretaría de Cultura. Continué el oficio en Siglo 21 y Público.

Libros de poemas: Cartas halladas bajo una piedra, Guadalajara, Secretaría de Cultura de Jalisco, 1993. Confesión del fugitivo, Guadalajara, Toque de Poesía, 1993. Brindo por la luz, Guadalajara, Sextante de Poesía, 2000.

 

Ve la isla donde el tiempo nos detuvo

RAYADO EL SILENCIO POR EL CANTO DE LA SANGRE,
no pudimos derrotar las auroras,
cancelar el viaje
o mover un milímetro la orilla de la sombra.
El corazón
—zapato del alma—
se gastó la suela muy temprano.

En el último tren olvidamos las maletas
con la ropa todavía sucia de pueblos húmedos.

Arado a campo traviesa

FRENTE A TI, LA PÁGINA BLANCA,
un silencio prenatal,
una calma eucarística
que no te atreves a interrumpir
y, sin embargo,
ronda tus sentidos un deseo muy fuerte
de lanzarte al precipicio.
Parece fácil dentro de ese campo de batalla.
Una catedral erigida durante el sueño
que al despertar es un apretado laberinto de voces,
navegación a ciegas,
guerra del cerillo encendido contra el viento.
Mas todo empieza a ocurrir de pronto,
como si un pez eléctrico
atrapara la punta de la madeja
y desenredara el finísimo hilo
que ata en tu cabeza todas las embarcaciones.

Halo, sombra

BEBE UN TRAGO CONMIGO;
compartirnos es necesario.
En cada cuerpo la soledad correspondiente;
en la mirada tuya
y en la mirada mía,
lo que somos.

La noche tiende horizontes de fuego
como este vaso
que implora luz para reflejarnos.
Y tú al alcance de mi brazo,
fruto de la fe que guardo
bajo esta mesa sin mantel,
alma sola en la palma de mi mano.

Dime tu nombre verdadero
y no serás más desconocida tú que yo.

El niño Netzahualcóyotl

MADRE, CUANDO CREZCA MÁS,
como aquel tule a la orilla del lago,
cuando pueda soplarte a los ojos
y sacarte una basura
con el mismo aire triste
que sale por tu boca;
cuando pueda fabricar una canoa
con el alma errante de tus muertos
para que navegues por la salada neblina...
En fin, cuando crezca, trabaje y gane el mínimo,
podré rentarte una puerta,
una ventana
un cristo
y un poco de patio con una flor de dalia.

 

Plegaria del bracero

LLUVIA DESHILADA,
tierra mamando las tetas al cielo,
alimaña,
viento ensortijado,
vuelo de halcón a través de la tristeza;
arco iris extranjero,
tarde llagada por el canto del búho,
cruz de los que no arribaron más allá del deseo,
corazones en la punta del asta;
en el límite de su amor cristalino,
protéjanme del faro
que hace palidecer a mi sombra.

ENOÉ ERÉNDIRA ZÁRATE

T
epic, Nayarit, 4 de septiembre de 1961.

Libros de poemas: Ellos tienen nombre, Guadalajara, Alimaña Drunk, 1993. Polvo y raíz, Guadalajara, editorial Humo, 2003.

Río tejido

AHÍ HUBO LECHE Y CANCIÓN
gotas de nube y sueño
tierra en dirección al sol de los sedientos

Ahí se abrieron las bocas al amor y al hambre
al cobijo de su sangre bienamada
de bonanza y casa de los mil ensueños

Aquí en este río tejido en la carne
corre el recuerdo y miro
distraídamente aquel espejo
donde mis hijos fueron de gota a nube
un pez
un pájaro
y su vuelo

Ir hacia la luna
Y mientras yo sondeaba aquella mina
De las lunas de la mitología
Ahí estaba, a la vuelta de una esquina,
La luna celestial de cada día
Jorge Luis Borges

IR HACIA LA LUNA
Hundirse y ascender cada vez que la ventana
nos aleja del cromatoso urbano,
esta bestia criminal que nos asila
en laberinto de luz artificial.

Luna es un buen sitio para salir a divagar
por las secretas edades del círculo y sus espejos
y mirar,
y mirar el mar,
sentir el aire,
el sitio privilegiado
donde el pez y el pájaro complementan
su cosmicidad refleja.

Cualquier pájaro

CUALQUIER PÁJARO PUEDE INICIAR EL VUELO
a la edad de su muerte
a la luz desdibujada de unas hojas
o en la persiana al aire
de extremos bruñidos,

sólo sabemos a donde miran las ventanas
cuando un pájaro se estrella contra el aire
y vuelve
y ese hueco por donde mira el lente
captura
nos trae de regalo lo irrepetible.

En el fondo del cántaro
Para Raquel, mi tía Rendón y García

ALLÁ EN EL FONDO DEL CÁNTARO DONDE DUERME NUESTRA TIERRA
y el agua sabe a barro y fresco sembradío,
nace la raíz que nos enreda y nos echó a volar
de bungambilia a malecón desbordado.

En alguna grieta aún está la huella,
los sombreros y chaquetas del hombre que nos guió
por el Verano ardiente,
la mujer sin tregua en el amor,
sus hijos,
los nietos,
y luego otra vez barro,
la raíz y el ramaje de las venas,
el río piel adentro, su cuna y canto.

En ese espacio nos creció la ausencia y cosechamos
este amor de pueblo y flor en la ventana
este amor de madre e hija bienamada.

LAURA SOLÓRZANO

G
uadalajara, 20 de septiembre de 1961.
He estado escribiendo y leyendo poemas a lo largo de mi vida como una actividad independiente de otras a las que me he dedicado. Estudié psicología en la Universidad de Guadalajara. Estudié Artes Visuales en la UNAM, en México. Tengo tres hijos y trabajo haciendo artesanía. Sin embargo es en la poesía donde he sentido un proceso constante de descubrimiento, enfrentamiento conmigo misma y placer ante nuevos alcances.

Libros de poemas: Evolución, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 1976. Semilla de Ficus, Tlaxcala, Rimbaud, 1999. Lobo de labio, Guadalajara, Filodecaballos, 2001.

 

(celan)

SEMBRAR A ALGUIEN PARA QUE ESTRECHE SUS TALLOS (DE CEREBRO NOCTURNO)
Sembrar a alguien en la desembocadura de la vía y separar
la construcción de los ejes, de las constantes de los imprevistos constelados.

Selva del sí, selva de la situación, la selva suda.
Se puede subir en síntesis. Alguien hace la síntesis del sol.
Alguien es sembrado en su siembra. Tu raíz de espina en silencio.
Sembrar lo que silba. El sentimiento que suelta su certeza de tajo. Surcos
adentro se empiezan a oír, en la simiente. Separar la simiente del sustantivo.

El sustantivo de alguien ha echado raíz. La rotura impera, la rueda ronda en el rastro.
Separar una acción salvaje, una acción silvestre, una acción que aguijonea en el cerebro
del tallo. Subir a alguien al tallo.

(pisada)

LA INCOMPRENSIÓN DEL PIE DENTRO DEL ZAPATO.
La caja de cuero negro alrededor de la piel.
La piel porosa del empeine plástico.
La infatigable envoltura de la pisada.
El pie que piensa en su palpitación prisionera.
El zapato en la respiración del césped.
El segundo en que el pie, pierde su pasado.
La suela de la simpleza que marcha.
La movilidad del tarso.
La movilidad del metatarso
(inconsciente laguna de calzado)
El desplazamiento de las riendas apretadas.
La planta del pie.
La planta que no se plantea.
La planta sin raíz.

(delonix regia)

EL ÁRBOL HA MUERTO
El tronco ha vivido y ha muerto
Las hojas han caído en el polvo
Las ramas sudan
Las sombras de las ramas y la luz
(La luz del árbol)
La flor de la luz sin árbol
Las emociones arbóreas
Las explosiones ávidas, las ramas
Emotivas se quiebran
Va un árbol a pie como un muerto
Con un susurro de zombi
Va un cadáver superfluo, verde
Como un cadáver vivo, sin raíz
El árbol baja del viento
La voz viene del vértigo
No hay luz como la fronda
Ni fuga como el verbo
El verbo viene del árbol.

(cielo)

SOLAMENTE YO SOY EL SOL, SOLAMENTE EN MENTE,
soy yo el solar sombrío y signo al suavizar
la cita (ser) la senda, el soplo
ensayado en si (¿soy?) sólo suelo
hacer sentido en el surco al sembrar,
siendo incendio, sola
sostengo el sabor o simplemente al Yo
y así sé la sal y su silencio sonoro y cierta mesa
(hermana en la silla de su llanto)
Un sostén sencillo. Solamente yo
lo siento en esta idea del cielo.

(ráfaga)

AHORA ME CUBRO DE PORQUÉS INSATISFECHOS, de preguntas de gancho. Todo el lirio, todo el suelo es un surco activo. Una luna clara, una calva insomne, una lupa sigilosa en la botella del doblez. La inconsecuencia que no puedes comprender, es llamarada de mayo. El sol te marca, te abre al sonreír en eses, en círculos cercanos al fin de la gravitación. Ahora te cubro y te llamo y me quejo en canicas desatadas en la mesa, me lleno de cubrir, me lleno de caber, me inundo rítmicamente como péndulo de inhalación, y deseo la duda que desea su dádiva en secreto y es un desliz improductivo sonando como curva, gritando en la campana, deshaciéndose en el ruido como una reverberación mullida en la malla, malla
mía, mente de melcocha y esta máquina.

(vena)

ESTA INTRODUCCIÓN TE PRESIENTE, ESTA INTRODUCCIÓN NO TRADUCE.
Esta trenza camina la garganta por el goce y gotea con la garza a cuestas.

No transita. Pide su grito. Pide su gancho veraz en la angostura del gris terrestre.
Yo sigo sembrada (siembra de cerebro nocturno) en tallo de visión
que presiente en boca y vierte en esto, rama verde y sol.

¿Vena? ¿subsiguiente vena? ¿de silla?
¿la silla llora de ayer? ¿presiento el verano vacío?
¿de un Yo perdiéndose?

Poema matinal:

ABRE EL CUARTO Y DAME PAN DE ESTAR en cada migaja esparcida. Dame cuerpo intenso, supremo poder de nombrar este dedo. Febril empeño y corporal intento que marcha queriendo abrir el ojo, más allá de estar quieta. Ojo limado por letras y convertido en palabra de aumento: palabra de ver todo el espejo rompiéndose, regresando el destello que abre, que se da en la boca como un pan vivo de otras muertes, vivo y gustativo hasta la plenitud de todas las vísceras.

Poema del habla:

CABALGA LA VOZ. ESCUCHO LOS ALIENTOS, la salivación. Escucho el flujo rápido de las vocales y consonantes, los remolinos sonoros de la sangre, la coagulación que suscita un estado de pausa, momentáneo arresto para experimentar la corriente de palabras rotando, destituyendo viejas oraciones, arañando el silencio para penetrar, incidir con palancas renovadas la boca ambigua y poco a poco avanzar con cada letra al acercamiento, central de los significados, casualmente dotados de ingobernable equilibrio.

Poema de los pájaros que sostenían el origen de la música (1998):

ERA UN AÑO DE MÁSCARAS, TIEMPO DE ESPADAS relampagueantes y de un ir y venir forzado y técnico. Todos hablaban sintiendo lo imposible del habla y como ángeles que lloran abrían la boca dejando salir su crispada fe. El camino era un carril pedregoso. Las aceras chorreaban la savia de cada semilla, la savia de cada sentir de hoja y de insecto. Nadie reconocía este rodar. Cada rincón tenía un precio. Cada báscula un esquema de pesos aciagos y tormentosos. La multitud gritaba en coro al desierto humeante, que era el desierto de las ruinas: la aridez sorda de lo arrancado. Los niños aglutinaban los huevecillos pálidos del amor y los gobiernos depredaban incluso las cenizas. Los héroes, transformados en músculos, arremetían una y otra vez contra el viento. Luchaban envenenados de su propia sombra. Se había opacado la luz, se habitaba, en la geografía mayúscula de la historia, el agujero de un pantano.

Nocturno:

INNUMERABLES NOCHES PASARON POR MÍ. Con tenaz ímpetu atravesaban la terraza desde la cual yo sentía el terciopelo de su ferocidad. Acampé en el lado opuesto de las medias verdades. Extendí mi coraza inconclusa y me tendí debajo del sol, de los ríos que el sol gastaba en poseer mi cuerpo. “Ábrete muerte a este rayo” me dije “haz de mi sitio un tragaluz”.
Con todo el ojo contemplé la ceguera del valle. La realidad de un claroscuro, siempre cambiante. Palabras de ambivalencia externaron mi fragilidad. Comenzó, sin poder precisar cómo, la búsqueda de la sombra. Empezó a bullir en mi alma un deseo oscuro. Deseo que sólo brilla en la noche, resguardado y magnificado, por el veloz racimo de las estrellas.

(barbecho)

ESTOY EN EL PLANTÍO, de pie, como pelo de agua,
como gota que se gasta en la pasividad del pie.
Estar en pierna, en patada, en palmera, en percance clavado.
Estoy sembrada, enterrada en la trifulca, bifurcada
en la terraza de un viejo tensor y sigo en la silla, sabiendo que escurro de agua.
Estoy de planta en el pinar, conducida hacia un humus de guarida
que hoy gasto aquí, al ganar la guerra de goma.
Se inunda el terreno, se despostilla y me deshojo, azolve de caída
al unísono de la sombra. Suave el perfume del platanar.
De pantano en pantano, una puerta. Un tallo que llega,
una llamarada en la deidad de la plántula que apenas brota.
Y entre las semillas llamo a la planta en su paseo, como llamaría al pie.

(canción)

ESTABA AL TANTO, tímida y tuya, tanto tiempo de turbia abierta.
Esta silueta es un perderse del entierro que tapa sin ninguna tensión
los tímpanos, hermanos del tecleo que no se puede obstruir.
Yo estaba al tanto y tenía de todo en el toldo.
Tenía esta cosa sin terreno que parece triturar cuando se abre el telón.
Por ti transitaba, en ti mi fragua era un temblor atento.
Iba y venía como si no fuera por la voz, esta valla de vellosidades efímeras.
Luego, seguía tuya en la silla, en la mesa demolida por los codos encajados como ramas
por debajo, de paso siempre, bajo su albergue grato y gutural, yo indefinía
aún más la espesura. Abierta en el ojo, abierta en la mesa de mácula
(que no cesa de extender su seducción de aorta)
yo era tímida, un yoyo, una ciruela de cirios desencontrados
y los corazones apretaban de manera turbia en la abierta.

(senda)

SI TU CABEZA se cansa de caer, si las construcciones cabalgan en tu cuerpo, si no hay calma, ni canasta de calmantes, ni combustión que pueda escuchar tu río.

Si has tenido la sangre en la superficie, si la senda te ha dejado sentado, si la semana te arrastra hacia una sensación, si no hay sensación, si hay silencio.

Si lo que dices suple tu disfraz, si la frase te afrenta, si los huecos conducidos por el rol
de sustantivos ahora son verbos, son vasos empapados de verbos y visión.

Podrías traerme a la trampa de mi tierra en tu desliz, tergiversar el tiempo en que tratábamos de entrar y tenerlo ahí, en la tundra intocada.

Podría romper tu rampa, salir del aro de tu rosca y quedar en el resfrío.
En la sencillez del rojo, en la rueda pendiente, en el rosal.

(ánimas)

ANDO EN EL CONTEXTO de tu esquina, ando en almas claras de cursivas incautas.
Ardo sobre la andadera de tu mano y en arpegios desolados al abrigo del golfo
me digo en semilla, digo en máquinas, me detengo en deleite de musa
voy a nado en médanos al navegar en vistas blancas
devoradas de negro en el trabajo de pensar.

Y si el contexto ampara el andén de tu cara y si la textura
se aviene a la ventura de tu halo, la andanza que destina su alubia será tuya, la andanza sabrá comparecer y la idea que por tu mano alivia el cazo, suscitará el amor.

(disecciones del puente)

DOY LA VUELTA, para no dejar ir tu voz al vacío de los volúmenes olvidados.
Abro la bruma, te interno en la bruma, te doy con la bruma en la lengua
para que tu cabeza cante.

Expongo viejas grosellas de tumulto, que puedo escuchar bajo el manto frutal del rojo
y sobre el mundo hiperparlante abro la rampa de mi oreja hipnotizada
por las montañas de tu pupila verbal.

Dejarte decir de largo tu aglutinamiento y poner un ojo que acecha en tus desparramadas películas. Tu película me deja fría, tu película hierve en mi ansiedad de oído atento.
(Los espacios mudos son también los gritos gráficos que nos acompañan.)

Cada músculo del vendaval se nutre de mi espera de párpado extasiado.
Cada letra de tu agarrar es voz subiendo su escalera predilecta.
Cada cicatriz de ti en mi orificio auditivo es una flor de suspenso.

Te escucho porque albergo mil pedazos que palpan un cerebro interior.
Cerebro de hielo que se funde bajo un cristal conjugado.
Es inútil cerrar el receptor.

Mi receptor es vida que mueve su retícula para alcanzar su parte de ingreso.
Dejar que ingrese el rojo labor de tu tránsito y abrazada a la paráfrasis vital,
sentirte acceder.

(veladura)

A VECES EL VUELO bebe de las alas. A veces el vaho
se oscurece en el plasma y la báscula ha cesado. Momentos
en que veo tu mirar de contagio y tu pleamar en la mente del cuervo.

Se vence la trama que traías al conjunto.
Se coleccionan, una a una en mi colegio de elementos transpirados.
Y me quedo de pie en la postal que habla del paisaje,
pegada al pesebre que abre su entrecortado tufo.

Hay otras cuerdas, otros lobos, otros sitios agarrados al motor,
se eleva el motor y así resurjo. Me bebe el vuelo de tu noche.
Se oscurece la entraña en el venero del vaho.
Es inquietante proceder en el ala, internar el olvido.

(laguna)

JUSTO AHORA que compongo la cuarteadura constante, te he visto cortar,
cubrir, culminar en el cauce como torrente de vino veloz y he confundido
la forma del cristal. Te he querido en la planta, de pez en el pozo, portavoz en trance.

Pero justo ahora te compongo y te desbaratas, justo ahora que te cierro de salud
en la idea profunda de ti, encuentro tu recado clavado, tu alambre junto al mío
brotar del muro disuelto.

Justo cuando la luz cegaba nuestras cabezas o carromato de sobadas sílabas entre dos voces, sedientas suturas de sonaja distraída en el justo medio como juncos en el ombligo del lago (labio letal de lirio perdido o laguna que mueres en arena).

Justo entonces, cuando las olas anestesiaban la bolsa llena, cuando las aves se distanciaban en el laberinto, ese disco gravitó fuera de la secuencia.

La luz cegaba la grava y la gotera se iba girando, el cromatismo me llevaba a ti,
las colmenas, las curvas, dedos remotos que no han podido contarme.
Vierto la vena que me dejas al lago.

(temporada)

EN EL PASILLO pensante tenía un clavel,
o cosa caída de la falda al pasto de pradera subsiguiente,
como si el sólo seguir fuera la fórmula inventada por el coro
de una experiencia en flor. Sin hablar de pétalos,
los prismas de tus ojos penaban en la pulsión
y por el pasillo que se abría en la corola, se coronaba la culpa.
De mi vestidura nacían los cuerpos
y los veía pensar en los filamentos de tu perímetro.
Cuerpos de contagio que cumplían cada mañana un destino inducido.
Dar de beber, y dar al brote su víspera,
pasar del corredor al clavel, de la pradera al precipicio,
de la pintura al sol del cuerpo, cuerpos y cunas
que ya se habían conjugado.

*

¿ABIERTA, TE ALZAS?
¿aérea, como aro de ave te alzas en árboles de asombro?
¿te ampara el adverbio? ¿te abraza el páramo del artículo?
¿te aleja el hiperactivo verbal del hecho? ¿no tienes hechura?
¿no hay hinchazón en el aura? ¿es alma y músculo y molécula?
¿el núcleo en la erosión del arco? ¿se aleja, te afrenta, te alaba el ardor?
¿te alzas en el ártico del amor, como arcángel domado?
¿te drogas? ¿te doblega el delirio del descuido, te duplicas,
en la disolución del ámbar? ¿del ámbar hambriento?

(final)

YA NO TE ABRO de pinceles ligeros, ahora clavo el pino más alto en tu invernadero.
Ya no te quiero en el quiste de cartón, entre conjuntos irisados por montañas.

Ahora cunde mi cuaderno, corto el papel en pliegues de cordura de caballo cansado.
Se cansa el callejón y se inquieta en el pilar de tu vacío.

Ya no te abro en brazos, ahora bordo con la barba de vencer la suavidad del ganso
y es un gobierno de cisnes que observan mi boca.

Ahora te nado, ahora te anudo, ahora es sólo un decir de viento que vibra en el volcán.

Porque ya no te planteo la posición de la semilla, ya no te modifico en la tina de saberte teñido, y no es abrirme a las palabras sino cerrar el cúmulo en calma.

Ahora que te interno en el pasto, esta calma de cuaderno se compromete a cavar.


MARIO HEREDIA

N
ací el 24 de noviembre de 1961, en Orizaba, Veracruz, una ciudad donde siempre llueve. Por eso me gustan tanto los días nublados, la niebla, la fina lluvia que enfría los huesos. Desde muy pequeño la lectura y la música fueron mi refugio. Tomé clases de piano hasta los diecisiete años; en mi casa mi madre organizaba obras de teatro donde participaba toda la familia. Nos gustaba disfrazarnos. Mi madre murió cuando yo tenía doce años y nuestra casa se murió; poco a poco se fue oscureciendo. La familia se convirtió en un grupo de tres hombres que solo nos veíamos en la casa cuando íbamos a comer o a dormir: mi padre, mi hermano mayor y yo.
Empecé a estudiar en México, DF, Relaciones Internacionales, en la UNAM. A los dos años decidí irme a Europa en un barco. Regresé año y medio después a terminar mi carrera, después viví en Huatulco hasta que me dio hepatitis. Visité Guadalajara por azar y decidí vivir aquí. En esta ciudad resido desde hace quince años y trabajo en una compañía alemana desde que llegué. En Guadalajara descubrí que los escritores eran personas de carne y hueso, y que yo podía llegar a escribir algún día algo decente. Estudié en SOGEM y en otros talleres, como el de Maria Luisa Burillo. En 1993, obtuve el primer lugar en el Concurso Nacional de Cuento Edmundo Valadés. He escrito algunos libros, imparto dos talleres de narrativa y escribo a diario. Acabo de obtener el Premio Internacional de Novela Sergio Galindo, IVEC-Conaculta, 2003 por mi novela A la diestra del padre. En abril de este año saldrá un nuevo libro de cuentos: Un bosque muerto, de Mantis Editores.

Libros de poemas: Los espíritus de la música, México, DF, UNAM, 1999.

 

El canto del bosque

EL SILENCIO ES LO ÚNICO QUE VALE LA PENA
querido Manfred
es la amnesia
el sanador de culpas

Por eso
olvida el bosque
los cuerpos perdidos sobre los enormes troncos de maderas tiernas
duele el cuello cuando se mira hacia arriba
mejor olvidar el grito
el único
el que pone la carne de gallina
el que hace caer a las aves
sobre el invierno

Olvida que no eres uno
que fuiste miles de muertos sobre un jardín de triángulos rosas
valiente militar
que lloraste como un bebé sobre el cadáver imaginado del amigo
despedida sin un beso

El silencio
querido Manfred
queridos Manfred
niños que jugaban a vestir a las horas
y
a desvestir su cuerpo frente a un espejo hecho de viento
y de historias de amor
prendidas como insectos con alfileres de plata
sobre un mapa de Berlín
con alfileres de plata

Oyes la música
la copa que se rompe
la carcajada
olvida
olvida
olvida el bosque

Querido Manfred
es el silencio
tu sábana más protectora
deja que te mezca
despacio
y te cante la canción más inocente yo
el que te ha llevado entre los pinos una flor de trapo
con el afán de revivir las danzas verdes
sal para los pájaros ciegos
para los verdaderos vencidos
arios niños rubios
de ojos pétreos
hijos de Olimpia

Querido Manfred
yo te cubriré de frío de las cuatro de la tarde
la hora de la muerte
del cavar las tumbas donde quedará el placer enterrado
con veinte años de edad y cinco horas diarias de ejercicio
soldadito hecho de seda
vencedor de bigotes recortados
Firmes
las marionetas que golpean los huesos
sobre aquellos troncos inmensos
y cantan

Ese es el canto del bosque
Dios nos libre
querido hijo
de perder las piernas bajo las fauces del macho enemigo

El silencio
querido Manfred
Ay
el silencio
qué más puede haber
para sanarme
niño de mis culpas
yo te cuidaré del lobo oscuro
de la bruja
del que te saluda a diario con una sonrisa
barriendo la calle
comprando ginebra
y luego te denuncia
con el mismo dedo con que se rascó el culo
te denuncia
por bañarte con tu hermano santo
ay
por qué
ese canto tan molesto
si el silencio es cálido
es olvido

abuelo mío
tierno padre que fecundaste a enjambres de mariposas
en una noche parda
y dulce
con el único propósito de hacer feliz
por un instante
a un desconocido.


La ventana
A Gabriela Hernández

SOBRE LA CUCHARA CAMINA LA LENGUA
el puño de su padre es fuerte
la cintura de Luis, espuma
los ojos de mamá no son historia

Una sonrisa de cuervos carcome la tarde
aire venido de lejos levanta lutos que la madre limpia con su delantal de cielo
y la hermana
borda en oscuros ropajes

La lengua de Luis espera sentada en la ventana
una gota de saliva espera a la maleta
al beso
juntos el plato y la cuchara se derriten

La ventana no es puerta
ni circo
ni ventana
es pequeña figura que las uñas delicadas no alcanzan
es la ventana un ojo miope que destila —noche y día—
canciones blancas recogidas en naranjos tras los muebles

La muerte de la lengua es inminente
los ojos conversan en silencio la maldad de las nubes y los tronos
y el pañuelo del muchacho
bordado de silencios
se humedece.

I (Cavilaciones en el baño)

TRAS LA PUERTA DE CRISTAL
te miro
desnudo de ruidos
de palabras
de luz

Eres como el tiempo
que cuando niño
Estrellé con mi pelota
—aquella pelota roja que no ha dejado de botar en mi cabeza—
Tiempo que se quiebra sobre un lavabo percudido
vidrio deforme
eres

Tras la puerta de cristal
lluvia convertida en incienso
te miro astuto macho
valiente roce de tendones sucios

Coronado de espinas
con los brazos en cruz
sonriente
me observas tras el vidrio

Yo estoy clamando por cada uno de tus poros
tu nariz
el olor de tus axilas
tu tiempo áspero y oscuro

Rompe la puerta con tu puño y
así
con la sangre convertida en lánguidos recuerdos
camina erguido hasta mi cama
—ya no me espanta tu desnudes—
siéntate a mi lado
y canta una canción de las profundas aguas
para hogar en ellas mis dos lenguas.

ALBERTO MEILLÓN

C
olima, Colima, 30 de diciembre de 1961. Sus primeras publicaciones son desde 1977. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación. Ganador de varios premios por su poesía. Como pintor ha exhibido su obra en diferentes galerías y centros culturales del país de manera individual y colectiva. La poesía de Alberto Meillón se singulariza por la incomunicación y la soledad del hombre contemporáneo. Arma sus textos con las manos y la imaginación. Actualmente, su trabajo adquiere diversidad de expresiones; desde la caricatura, la poesía visual y el reciclaje artístico, transfigurados en pretextos para crear nuevos signos frecuentemente poéticos y necesariamente en continuo proceso antipoético. Se ha dicho que en su obra: "Es digno de notar su intento de combinar o fusionar la poesía con las artes plásticas", que: "Es un extraordinario valor de la poesía y la plástica", que: "Su obra es. un experimento subversivo, inquietante y poético", que: "Destaca por su sencillez y esta característica lo convierte en una posibilidad real como poeta", que: "Alberto Meillón: creador de un pasado imaginario”.

Libros de poemas: Anónimos de viento (hemeroemas), Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 1993. Apuntes imaginarios de un acróbata, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 1993. La huella visible, El Hermoso Delirio, 1997.

 

III

EL ACRÓBATA
Es un hombre siempre
A punto de
no ser

XVI

HAY ERRORES DE TIEMPO COMPLETO
Sobrevolando el neodiscurso del mañana

Urge leer el periódico
urge comprar televisión a colores
Superurge saber que hoy habrá poco pan
y gran circo
Para elegir las escenas leves de una vida pegajosa

Lo mismo da lo mismo si alguien pregunta
¿Cómo amaneció la realidad este