JORGE SOUZA

Nací el 30 de septiembre de 1950, casi a la medianoche. Desde entonces, tal vez, me gusta la oscuridad. Mi padre murió cuando tenía ocho años y mi madre, mi abuela y cuatro tías estuvieron muy cerca de mí; por eso, quizá, creo en las mujeres. Cuando fui niño me decían el niño eléctrico por inquieto y peleonero; yo, en ocasiones, estuve seguro que yo era la oveja negra de la familia. Una vez, en ese tiempo, miré al cielo y sentí el vacío, y desde entonces ando en busca sin encontrar del todo. Crecí, fui medio hippie, bailé, toqué en un grupo de rock, viajé de aventón, hice yoga, estudié filosofía y a principios de los setenta fui el primer tallerista con Elías Nandino. Un día, Ernesto Flores me consiguió trabajo como jefe de comunicación en el Fideicomiso Puerto Vallarta y me quedé por allá trece años; dirigí los diarios Vallarta Opina y el Diario de la Bahía y, bueno, hasta político fui. Luego dirigí en Tepic el Nayarit Opina durante casi tres años, y ahora, desde hace seis, ya de regreso en Guadalajara, trabajo en el periódico Público, desde donde me toca editar la sección internacional de una decena de periódicos del grupo Milenio. Tengo seis hijos y una mujer bella e inquieta; algunos amigos, libros y una gata que nos regaló el hijo de Gil Simoes. Me gusta el ron, el silencio, las cenas en casa de mi hermano con la madre al lado, y las reuniones de cada sábado en la casa del tío Víctor, con el chiquillerío y la bola de primos; cuando repartimos el postre cantamos “acitrón”... Sólo falta decir que Dios es Grande. Ah, tenemos una casita en Tapalpa; si quieren, se la presto.

Libros de poesía: Tela de araña, Guadalajara, Cuaderno Breve, 1983. Sabedores tristísimos de ningún remedio, Zacatecas, Praxis Dosfilos, 1985. Luz que no vuelve, Tepic, Fonca, 1995. Saliva de qué dioses, Guadalajara, Secretaría de Cultura, 1999. En las manos, la niebla, Guadalajara, Mantis, 2000. Cifras de fuego, Québec-Guadalajara, Écrits des Forges-Mantis Editores, 2001. Ceniza a la que no renuncio, Comancalco, Ediciones Monte Carmelo, 2003.

 

Vine de fuera quizá

VINE DE FUERA, QUIZÁ DE LA MAÑANA.
Yo recuerdo la luz incendiando los estorninos
el sol de piedra, sus verdes filamentos
el transcurrir del agua sin especie.

Mis huellas
en la sal de caminos antiguos.

Vine de fuera. Alguna vez la noche
extirpó mis párpados con su dedo afilado
grabó en mi cuerpo sus labios venenosos
y trazó en mi esqueleto su geometría de lluvia.

Vine de fuera, aún recuerdo
mis manos extendidas hacia el sol del poniente;
el llanto de los dioses disolviéndose
sobre la tierra abierta.

Vine de fuera, quizá de un espejismo
en el que alguien soñaba que era éste
y encontraba en sus sueños al otro que yo soy,
construyendo estos ojos, inventando esta luz,
estas palabras.

Alguna vez, lo sé, tuve una cara
A Luis Armenta

ALGUNA VEZ, LO SÉ, TUVE UNA CARA
un nombre gris, una memoria abierta
y una ciudad con pájaros.

Tuve una casa vieja y una luna repleta
como farol en alto sobre el techo del mundo.

Pero vino la niebla con sus manos deshechas
con sus vendas sonámbulas y escondió mis sílabas;
untó su vaho en mi piel, adormeciéndola
y entorpeció el arroyo de mis voces antiguas.

Vino la niebla con cristales de plomo
y cultivó en mis ojos negras malvas;
tendió cansadas telarañas
en mi rostro y mi piel, envejeciéndolos.

Me convirtió, al fin, en este hombre
que en sus manos perdió todos los ritos
y que convoca en azoteas nocturnas
el resplandor, las llaves, el milagro.

Doy un trago al café, miro mi mano

DOY UN TRAGO AL CAFÉ, MIRO MI MANO.
La cicatriz del dedo, su aspereza.

Alguna vez estuve en el principio
y mi ojo de ágata, quieto como una roca
retrató el amplio grito del relámpago;
la tierra del silicio y la ceniza.

Bajo mi piel ahora alguien recuerda.
Alguien habla del viento y sus paredes
alguien teje otra vez viejas palabras
sobre el veneno de la ruina.

Doy un trago al café. Todo regresa.
Todo vuelve de nuevo hasta nosotros.
La boca busca otra vez los nombres
que tuvieron las cosas algún día.

Todo se va de nuevo. Doy un trago,
Ninguna cosa es. Nada regresa.

Ninguna cosa fue: sólo este viento
levantando espejismos: esta arena
que se llama la vida, entre las manos

Abro en la niebla la botella

ABRO EN LA NIEBLA LA BOTELLA. BEBO.
Doy el trago profundo tras la espera.

Luego vuelvo a mirar, tranquilizado
el espesor de las ventanas
los cuadros que cuelgan como enormes escudos
en paredes que entretejió la sombra.

Siento el jalón el tiempo,
su golpe en las espaldas
lanzándome adelante.

Estoy cansado.

Abro de nuevo la botella.
Bebo.
Un segundo de paz luego la niebla
la cicatriz que nuevamente sangra

Desde acá

DESDE AQUÍ
cantina, yo, silencio
te voy buscando como loco sin cuerdas
por pasajes y tiempos que se fueron quedando.

Y sin pedirle peras a la vida
me subo en el tranvía más deshuesado
le recorro las trabes a la sombra
moqueo mi soledad y me apaciguo.

Pero tu voz
que germina y se expande
como un puñado de semillas dolorosas
aquí en mi lado izquierdo
me demuestra otra vez, querida Circe
que hay que buscar en otros laberintos.

Tú que desciendes a la última raíz

TÚ QUE DESCIENDES A LA ÚLTIMA RAÍZ, LA QUE DESCRIBE los nuevos hemisferios, no la mujer ahora, la espuma eres de la turbia marea que se alza en el destierro.

Tú que ofreces a mi frente el otro paraíso, el instante sellado, la llave de esplendores, el sueño del poder y del olvido; y a mis espinas, la luz y la esperanza, acércate de nuevo.

Amo ahora mi boca que es capaz de nombrarte. Mi lengua que repite tus sílabas como un bosque tendido sobre el agua

Amo mi piel que te retiene y mis manos que te construyen a ciegas cada noche.

¡Oh, tú!, que en la caída encontraste mi cuerpo sin aliento, mi tacto sin un eco que le alumbre, mis miembros encharcados, unta en mi ser tus bálsamos y marchemos; junto a mi oído nombra la otra ciencia, con tus palabras abre mi memoria y llénala de pájaros.

Dale a mi cuerpo el fruto codiciable, entrégale el veneno del hambre que no acaba, la sombra que al final logre vencerlo

Y ama en mi voz el alba y en mis ojos el mapa de los nuevos agostos; y déjame amarte a ti, en la amargura de esta hora final, cuando la tarde duele, mientras llega el olvido y nos levanta.

para Irma Gloria Pérez

La canción del amor y los amantes

I
CUMPLE
sus ritos el otoño: no amanece.
(Las cigarras tejen sus argumentos sobre la luz dormida).
El violeta destiñe la ventana y es una mancha que pierde sus contornos. La noche se abre, como un río, bajo una sábana de lluvia. Lo demás casi calla.

Afuera
el resplandor del alumbrado se encharca en las banquetas, traza sus vetas de oro sobre el piso.

Adentro
el mar tranquilo, la sensación de olores desterrados; y éste, tu cuerpo tuyo (y mío), desnudo y ahora en calma —isla en mi soledad— sigue durmiendo.

Ahora
habitas el instante, el minuto sin rostro: el perfecto ademán de los relojes. La hora que reposa en el corazón saciado. La paciencia perfecta de estar aquí, sin nombres y sin máscaras.

El alba
se aproxima. Abre los territorios de la sombra, y yo, en medio del camino, como un desterrado, miro tu cuerpo mío, bellísimo animal de carne y labios, cerrar las espirales de su sueño

: Perduras
como un hilo sostenido sobre la fina sucesión del tiempo.

Perduras
aún cuando el calidoscopio gira y el líquido precioso de la vida disuelve las estrellas en tus
manos. Perduras más allá del fragor de los amantes; cuando se eleva la escritura que reposa
en la piel y extiende sobre el cuerpo sus oleajes de letras.

2
No amanece
pero en la habitación el tiempo, hecho polvo, brilla sobre nosotros y nos ata,

y tú
aún dormida enciendes la retina de mis ojos,

y yo,
que permanezco. Que velo. Que retengo de ti la mordedura. Que te he sentido arder, sé que los precipicios de la niebla sólo se cruzan cuando dos se aman, y que la potestad de los demonios nada es ante la sabiduría de los amantes.

La mesa
ahí, con esas flores tuyas y las copas tras el último trago, ¿no demuestran acaso que existimos? Las paredes, lisas como una cántara abierta, como un lazo, tensas como tu aparición, ¿no son los argumentos de que el tiempo nos toca y nos conduce?

La ventana
está abierta. Las luces de la calle siguen lloviendo tiempo. Un chasquido de autos brilla en la madrugada. Todo puede escucharse. Tú respiras. Tú persistes. Tú lates. Tú navegas sobre la soledad y el sueño.

Permaneces
y hay una voz que toma la palabra y habla en nosotros aunque nadie la entienda. Una voz que describe este momento, que nos describe ahora, aquí, desnudos, como dos velas que se consumen iluminando el espacio en el que habitan. Una voz que nos traza en su lienzo y nos deja amarrados para siempre.

4
La cálida
saliva del amor unta tus bordes. Tus lindes, tu húmeda entrepierna, donde germina el musgo de la noche. Su tacto nos marcó y permanece en tu cuerpo y mi cuerpo como una sombra nueva.

Todo
ha pasado ya. No hay cigarros ni copas. El tocadiscos está apagado. Nada se mueve, sino la
piel brillante, el latido del cuerpo, y la respiración, más allá de la angustia, la culpa y la caída; más allá de la ruina que siempre nos persiste, y se aquieta mi cuerpo, que sabe estar contigo, y que busca vivir y respirar y abrir los ojos.

El ventanal
se abre a las jacarandas. A las hojas que brillan en esta noche húmeda. Pasa un poco de luz entre rendijas y cae sobre tu muslo, tu cintura y tu costado izquierdo.

Tú,
mientras tanto, sueñas. Navegas hacia ti entre la bruma. Bebes de nuevo la primera leche.

Descubres
con tus manos dormidas las velas milagrosas, los vestigios del alba. Yo te miro latir como una llama apacible entre sábanas, y te amo como a una tierra turbada por el rescoldo y la ceniza.

5
Yo
retengo como herida la marca de tu cuerpo: su claridad, sus tonos, sus armónicos timbres, sus bemoles. Retengo la marea con que me arrastras y la quietud que alumbra adentro de la sangre.

Floto
sobre las cuerdas de los siglos, destruido por la paz y la esperanza. Como si atrás del párpado, ángeles disputaran algún despojo mío.

Respiro
como si mis pulmones fueran los de un animal incandescente. Como si mi nariz, despojada del fuego, recuperara el aire, sus filtros; como si mi cuerpo lo habitara algún ser prodigioso.

Mi cuerpo
sigue pleno de ti, de tu gemido, del golpe de las sendas que engarzaron a mis manos tu piel y a mis esperas tus múltiples terrenos navegables.

Amas
el espesor oculto en la caricia; la lengua que aniquila con su tacto profundo. La penumbra, el placer en las manos, derramándose.

Acuchilla
la sombra tu rastro entre las sábanas. Tu luz, que da su forma a la raíz del mundo. Tu voz, que no surge en realidad de ti, y que sabe decirme quiénes somos.

Crece,
una presencia entre la noche y la nostalgia, y nos concede esta certeza: a lo demás hemos renunciado, pero maduramos como frutos, hinchados por el viento en las ramas del mundo.

Despiertas.
El borde colorado de tu lengua humedece tus labios. Bostezas. Cubres tu cuerpo a medias. El vello acariciable, que ha sembrado la vida en tus rincones húmedos.

Yo
Lo sé. Amaneces en ti, junto al goteo del tiempo. En mi sueño descubro otra vez tu rostro, el manchón de tus labios, las rayaduras de tus ojos cerrados, tu nariz en calma.

Amo
tus montes, tus caminos, el grito de tu espalda, el trazo de la línea central que desciende y se agota, y luego, al frente, la locura del vientre, la ondulación musical de las costillas, el pezón que despierta y la cintura que aún duerme.

Amo
la superficie triangular, ahora relajada, que anida entre tus muslos y es un hermoso pez que a mí solo responde.

Volteas.
Me miras. Sonríes desde el lugar que ahora llenas. Luego sacas el brazo de la almohada, tomas mi mano y la llevas a ti, tan navegable. Ahora tú me abrazas. Subes tu pierna en mí, tu muslo tibio.

El amor
con sus fuegos abiertos se despierta. Se derrama, como un pomo de luz, sobre la carne.

La noche
desmenuza los telares del alba. Las jacarandas tienen sus bordes cada vez más verdes.

Un automóvil
cruza con el estéreo abierto, a lo lejos comienza la madrugada a edificar la vida con sus manos de asombro.
para Irma Gloria Pérez

 

Alguien dentro de mí por mí pregunta

LLEVO UNA LISTA DE PENDIENTES EN LA BOLSA DEL CHALECO
y unas cuantas monedas adquiridas en la madrugada con artes de los hombres.
Me muevo como sabio apaciguado que aprendió con los años
A vestir su corbata y trazar memorandos.
Sé al fin vivir mi mundo, mi recorrido diario
Mi destino de cada hora, mi trago de cada día.

Habito un edificio tenaz, me muevo entre paredes utilizando el tacto
Avanzo por musgosos pasillos donde viven seres de cal, personas de salitre
Y cumplo con mi parte sin parar un momento, sin esconder el rostro.

Pero bajo mi piel, un puñado de hormigas excava sus cavernas
Y un entumecimiento me apacienta.

En el espejo miro a mi propia figura alzar los brazos, balancear
La cabeza, elevar una pierna, inclinarse.

Oigo girar el mundo. Adivino
A distancia sus naves portentosas, sus habitantes rotos.
Observo la maraña, la multitud de gestos, que envuelve y arrebata
Este río silencioso que corre entre la carne.

Otras veces padezco la locura del viento.
Me sorprendo
Soplando sobre letras apenas comprensibles
O cayendo al abismo de los signos, tras de bardas oscuras
De casas olvidadas. Me sorprendo
Trayendo no sé de qué distancia algunos nombres
Las figuras de seres ya perdidos, yelmos y escudos viejos, trastos desgastados
Armas de caballeros cuyos restos reposan en los campos de la guerra.

Y alguien dentro de mí, habitante del humus, me pregunta
Por alguien que ya no sigue aquí, bajo las ramas
Del durazno sembrado por la noche.

Alguien que ya no está me está mirando
Con ojos apagados por el humo
Desde una hoguera fragmentada.

Tampoco encuentro aquel baúl en donde duerme la pequeña Emilia,
Desde que aquel avión estalló en pleno vuelo.
Ni rayo
O levadura que pueda esclarecer dónde quedó mi tío
Con su cáncer mordiéndole el esófago.

Yo, en tanto, considero que en esta bolsa del chaleco
Hay una lista de pendientes. No son nombres terribles
Sino de cosas simples, unidas por un hilo, que deben ser cumplidas.
Es un puño de letras que me dicen
Hacia donde la noche, esta infinita noche
Ha de llevarme a cuestas
Con su siguiente paso.

Epílogo
A Hugo Gutiérrez Vega

ÉSTE ERES TÚ —DIJO— Y ANTE TI LA DERROTA, la mariposa del terror, ardiendo, revelándose; el guarismo de la incisión que te levanta como espuma del alba hacia las horas vegetales.

Éste eres tú y éste tu rostro. Y ante ti la visión, la doble luna derramándose sobre tus hombros, sin descanso, haciéndote girar sobre la última raíz, carbonizada, de un designio tenaz que no termina.

Ésta es tu mano cruel, tu voz enemiga, manejando los botones del mundo, el mecanismo inagotable de la materia poderosa, las fibras y la retícula del tejido terrestre.

Y éste, el centro del fuego, oscuro y líquido como la sangre de las bestias primeras, en donde has de calcinar tus ojos para que, puros, al fin, logren mirarte.

Éste es tu triunfo único, hijo del hombre —dijo: que tus pasos, más allá de ti mismo, encenderán las piras de la noche absoluta, como si fueran ascuas en busca de otro sol, para perderse.


ENRIQUE MACÍAS

G
uadalajara, 16 de julio de 1951. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven de México “Francisco González León”, en 1978, antes de que le robaran el nombre el poeta de Lagos de Moreno para ponerle “Elías Nandino”, y quitarle también lo “nacional”.

Libros de poemas: Poemas perrunos, Guadalajara, Quasar, 1982.

ESTA TARDE DOCTOR
me duele el dedo izquierdo
(el delgado más grande)
vidriadamente rajado en dos
huérfano hermosamente cosido
con punzante hilo negro
por fría aguja
en la enfermería.

Esta tarde doctor
me duele el dedo izquierdo
de mi muerte
la cadena de mi locura convicta
y por ausencias
un poquito el corazón.

Blues
(ácidoyangustiante)
Hay una angustia ácida
y turbia...
Antonin Artaud

HAY UNA ANGUSTIA ÁCIDA
y turbia
que corre con violentos venenos
por la muda garganta
Hay sombras
que no se saben
hasta para cuándo
como cadáveres
y polvo
piedras
cal
y un camino amotinado
por continuar
para caer muerto
al fin
acorralado como fiera bestia
(reo jamás)
con el corazón violento
comido
por perros hienas y chacales.

Arte antipoética IV

LO MÁS TRISTE
es no escribirla
quedarse mudo
callado
con la triste tristura
a flor de labios
y la hoja blanca inútil
arrugada.

Arte antipoética

ESCRIBO COMO RESPIRO
a oscuras
los huesos descoyuntados
en el tintero del cadalso
un pedazo de sesos por aquí
el corazón
y los testículos
más allá.
Mis enemigos me dan por muerto
porque ya no salgo a tocar
los senos fríos de la ciudad
porque ya no tomo mi café
y mi pildorita de suicidio
literario cotidiano
en el mismo lugar de siempre
alguien dirá
—pobrecito, tan serio que se veía
(alguna dama está por hacerlo).
Alguien me da por muerto porque
escribo como respiro
con el sueño encrespado en el rojor de la vida
incesante por la libertad.

DIJE
que después
de escuchar a Juan Sebastián
bien pudiera irme
por la puerta
trasera del penal
con mi muerte bien solo
pero resulta
que después de escuchar
a Bach
me gusta la vida
mucho más
que el diablo
lo guarde en su genio
por toda la eternidad.

Poema
A medias de la primavera me recordarás
como a un esqueleto de timideces
rozando apenas la limpia corriente de adoquines
juro que me abriré los ojos toda la noche
Efraín Huerta

ROZANDO APENAS TU FORMIDABLE IZQUIERDA
como un esqueleto de timideces
a medias de la primavera me recordarás
y si es de noche olerás el aroma de
abril
y las flores
de la calle río Éufrates
y no los nubarrones enervantes
oscuros
de mis garabatos desangrados del alba
una leve bruma humosa por las calles
voluptuosamente caminando
un día nos envolvió
rozando apenas la impía corriente de adoquines
juro que me abriré los ojos toda la noche
aullando
como coyote herido en un baldío
y después como si nada
ternurosamente
enmielado
te recordaré
brindando por tu buenísima salud
en un bar
en el exilio.

DESARTICULAS LA MUERTE BABEANTE
de lobo cretino
y te pones como siempre
a aullar
afligido
intolerante
sacas a patadas
(qué chinguita)
a la angustia y a la soledad
como a perros sarnosos
del pecho en penumbras
y te vas con los camaradas
a tomar cerveza o lo que sea
bajo un cielo relampagueante
de alcohol y rumbas
y muchachas ebrias
tatuadas en el alma y en la teta
con el hierro ardiente
de las monedas sucias y el desprecio
y acuchillas con alevosía y ventaja
a la amargura
saludando al mundo de los hombres
y a los primeros urbanos de la mañana
por las calles perdido
con el cigarrillo púrpura
epicúreo
frente al cuello rojo humeante
degollado del sol

CON UNOS HIRVIENTES TRAGOS EN LAS TRIPAS
sin tan sólo una pinche vela
ni una reputísima luciérnaga trasnochada
a ciegas
garabateo
a la buena del diablo,
(a ver qué sucede)
Lúcido vangoghiano
completamente hasta las manitas
hasta las cenizas
como torpe suicida
en la más solísima de las soledades
reparo los cascos del caballo encorajinado
con mis todavías y ni para cuándo
avanzo aúllo tropiezo
con mis fantasmas fraternales
me tiendo en el suelo
muerto
sobre un mar negro urbano de incertidumbres
dentro de mi celda

Cantos del abandono

MOJÁRONSE LAS CALLES
de mis cofres
y todo fue soledad (cómo chingo)
y calles mojadas
y soledad
(dale otra vez)
y calles mojadas
y rabia y miserias planetarias
y los papeles húmedos despedazados
por la tormenta
revueltos sin pie ni cabeza
la magia de la poesía
a lamparazos limpios
de labio a pulmón a pecho desesperado
con una sinfonía noctámbula revueltiana
(de Silvestre)
el cerebro revuelto encharcado de
mortales recuerdos
la sed en 1a garganta acuchillada
de la que te conté (y tú siempre te repites)
los despojos esbirros de día con día
la chaqueta con olor a muerte enmezclillada
el parpadeo segundo a segundo
cuando los asesinos en todas las 24 horas
el sigilo a punta de oreja
de cañón
de ráfagas
contra la muerte
pólvoras hoy mojadas

LAS VISITAS VINIERON A EMBORRACHARSE
sonrientes saludaron
y fueron sigilosos penetrando
por todos los rincones de la casa
se tomaron todas las botellas
se atropellaron tuertos torpemente
con los cachondeos de la música caribeña
convirtieron al ángel de la ternura
en una infamia
en una mentira
en una soberana mentada de madre
las frustraciones como trapos sucios
brotaron por los cuerpos alcoholizados
convirtieron mi cuarto
en un nauseabundo sucio chiquero
y me dejaron triste
consumiéndome de soledad como ella
en un charco etílico
como una colilla de cigarro
tirada en el suelo.

Última carta
A Dolores López

MI VIDA ERA UN BARCO EBRIO CLANDESTINO
de popa a proa
que se estrellaba contra todos los imposibles
de las banquetas
de tus castos senos
¿intocables?
Perro de amor
sin quinto en la bolsa
amarguísima hambre
la camisa sudada rota
y las botas raídas tristes por ti
en las negras calles del día
y en las tardes asfixiantes
en los pasillos estrechos
y en los claustros de la escuela
con una rabia impotente
los puños cerrados en los bolsillos
y un sentimiento rencoroso de abandono

ME SABÍA SONREÍR
y hacerse agua dulce
de cañas del sur
con fragancia de rosas tapatías
Me sabía sonreír
es cierto
en las tardes crepusculares
de la escuela
entonces podía escribir
los versos más pendejos
suicidas y descabellados
de eso estoy seguro
Hacíase agua dulce dulcísima
de cañas del sur
de niña buena con trenzas
en un retrato
de quince años sin pechos
despertando en mí
estados diversos y confusos
tan negros tan frustrantes
de padre cariñoso
protector incestuoso protector etc. etc.

¡Oh Venus de mis lívidos delirios y alucinaciones
aunque el agua sea dulce dulcísima
sin la pulpa ardiente de un fruto del trópico
(Rosy Elvira)
esta noche no podré dormir!

NO ES PARA MORIR
que murieron
sino para acribillar
al triste perro negro de la miseria
no es que vivieron
para morir
sino para que otros
continuaran viviendo
así desde siempre
así desde siempre
en nuestras calles
donde tú ya sabes
Ir en las marchas rabiosas
tenublosas de rojores
en una medianoche definitiva irreversible
en la fosa común
de los desaparecidos
vivos para siempre.

El frío y el viento hieren...

1
EL FRÍO Y EL VIENTO HIEREN EL ROSTRO DE CÉSAR, cuando rememora aquel verso suyo: y qué hacer... Angustiadísimo, entonces, con su ánima andina serrana.
Y qué no hacer, que es lo peor, queridos hermanos... y al pie del Kremlin, a la altura de la
tumba de Lenin (Vladimiro) resuena; hacer que el qué hacer, se haga. Y las frías campanas
doradas arden en las noches blancas de Moscú.

2
EL FRÍO, EL VIENTO, HIRIÓ EL ROSTRO AL CHOLO, que rememoraba aquel famoso verso suyo. Y qué hacer... Y qué no hacer, que es lo peor, queridos hermanos. Se repetía desde su Cuzco Imperial,
mísero, desde su Barrio Latino, desde su Montmartre, desde calesitacloaca Hidalgo. Parque de la
Revolución 803 Guadalajara, en donde como Aroles, Silva, Cortázar, y otros muchos, fueron a caer.
Y qué no hacer, y qué no hacer, y qué no hacer, desde su Cuzco Imperial, mísera calesita,
etcétera, y el frío viento le hería el rostro cholo.

3
EL FRÍO Y EL VIENTO LE HIEREN EL ROSTRO AL CHOLO VALLEJO, rememora aquel famoso verso suyo. Y qué
hacer... angustiado el andino exiliado, el desplumado cóndor imperial. Y qué no hacer, que es lo peor,
hermanos, hombres... Se repite incansable, desde cualquier esquina, de cualquier ciudad del
mundo, carajo se dice Madrid, es como Guadalajara, Jalisco. Una aldea grande, gris, oscura y
aburrida, y desde ésa, cualquier esquina, o banca de cualquier parque del mundo, con su periscopio roto, averiado, observa que se le viene el mundo sobre sus espaldas, el Mundo, cosa grande,
el Mundo, imaginaos, hombre sosiegue, el mundo cosa grande, enorme, el mundo, el mundo, el
mundo.

La muerte en la noche

EN LA NOCHE EN EL CORRAL
muere
algún reo acuchillado

en la noche
la muerte pasea sus harapos espectrales
a la intemperie tenublosa

“En la noche
no están los ángeles guardianes”
Pero sí los guardianes celadores
arriba de las murallas armados

En la noche
un reo comenta con otro
—”otro día más abonado al estado”
de perrunas furias y soledades
(y el rostro se petrifica de silencio)

En la noche los más
llegan muertos
y allí yacen para siempre
como un envoltorio gris de harapos arrinconados
maloliente y abandonado
al despojo de sus propios cadáveres

En la noche otros mueren
y aún hoy continúan viviendo
los ojos rabiosos
y las carnes enrojecidas en la tormenta
bajo el tumulto estruendoso de la muchedumbre
la pólvora
y la libertad.

EUSEBIO RUVALCABA

N
ací en Guadalajara, Jalisco, por cuestiones musicales. Mi padre, el célebre violinista jalisciense Higinio Ruvalcaba, viajó de la ciudad de México a la Perla para dar una serie de recitales acompañado de mi madre, la pianista Carmela Castillo de Ruvalcaba. Pues bien, supuestamente yo habría nacido en la ciudad de México en noviembre de 1951; pero me adelanté un par de meses —que no son nada en la historia de las galaxias, pero que para un recién nacido son todo— y vine al mundo un 3 de septiembre. Nací en el número 531 de la calle de Pino Suárez. Ahí arrojé el ombligo — “que es lo que importa”, solía sentenciar mi abuelo Eusebio, oriundo de Yahualica, como mi padre—. Estoy registrado en la ciudad de México y fui bautizado dos veces, también en el DF. Pocas cosas hay que decir acerca de mi persona. Ya están las dos fechas principales, la de nacimiento y la de muerte (1951 —usted ponga aquí el número que guste). Me he atrevido a publicar unas cuantas líneas, que reciben el nombre de novelas, libros de cuentos, de poesía, de ensayo. Vivo de lo que escribo, todos los días escucho Brahms, y mi bebida favorita es la cerveza de marca Derrota. Que yo inventé. Es todo.

Libros de poemas: Homenaje a la mentira, México, DF, editorial Signos, 1982. El argumento de la espada, México, DF, Instituto Politécnico Nacional, 1998. Con olor a Mozart, México, DF, Universidad Autónoma Metropolitana, 1999.

 

Extraña tipografía

EN ESTA MESA, LA BOTELLA, EL VASO, LOS REFRESCOS,
la cubeta de los hielos
parecen entrever una nueva realidad.
Si ahora mismo un fotógrafo retratara esta
composición
preguntaría qué mano celestial acomodó de ese
modo
la botella, los refrescos, el vaso, la cubeta de los
hielos.
Porque deveras parece que Dios se apiadó de
este lugar
y decidió dar una muestra de su infinita
bondad.
Si todos los que están aquí esta noche no han
muerto,
si todos conservan el hálito que diferencia un
vivo de un muerto,
entonces Dios decidió crear la belleza ante los
ojos de todos nosotros.
Aunque nadie se dé cuenta no importa.
Aunque nadie se percate a Dios le da igual
—la indiferencia humana nunca ha sido
obstáculo para él.
El vaso, la botella, los refrescos, la cubeta de los
hielos están ahí,
a la vista de todos.
Forman una figura que bien podría hacer
palidecer la belleza de una mujer.
O de un mapa. O de una montaña trazada por
el viento en la arena.
Que nadie la vea es otra cosa.
Que los hombres miren sin mirar es algo viejo,
que no asombra a nadie.
Yo mismo deshago la composición maestra
cuando me sirvo la siguiente.
El siguiente trago, cuya importancia es superior
a la estética.
No ha transcurrido más que un instante.

Formas del corazón

UNO SE COME LO QUE TIENE FORMA
de corazón.
Muerdes lo que sea que semeje un corazón.
Un pedazo de pan,
un trozo de carne,
un montón de lechuga.
Con unos tragos
este efecto puede llevar a un insensato
al suicidio.
No es difícil imaginárselo.
Un hombre desesperado,
bebiendo a solas.
Un cincuentón, por ejemplo.
Ha perdido el trabajo
y no tiene más dinero para llevar a casa.
Ni en el último agujero
va a encontrar un lugar.
Ni donde cabe un ratón.
Ahí mismo le dirán:
adiós, tú no sirves para nada.
Pensemos en otro hombre.
También bebiendo a solas.
También desesperado.
Su mujer lo ha engañado,
lo ha hecho trizas.
Donde se pare
siente que el piso se hunde.
Que no hay más tierra firme
para él.
Se le vienen encima los recuerdos.
Aquellos paseos con ella y con los hijos.
Tal vez la ocasión que pidió su mano.
O cuando se amaron en el elevador.
Piensa eso.
Lo recuerda.
Cualquiera de estos dos hombres
encuentra la forma de un corazón
en lo que se come.

Un poco de elegancia

¡QUÉ FELICIDAD!
Me queda un octavo de Absolut.
Si ustedes me vieran en este momento
comprenderían por qué no me atrevo
a salir a la calle y comprar siquiera una anforita
de aguardiente.
No voy a entrar en detalles.
Todavía conservo un poco de elegancia.
Este octavo a las nueve de la mañana
es como una moneda de oro en el fondo
de un wáter atascado.
Porque el problema es semejante:
¿qué comprar con la moneda de oro?
O ¿por quién brindar con un octavo?
Por los calzones de Lucy, que vivía
en la calle de Mexicaltzingo y traje
en la bolsa de mi chamarra como un mes,
y que terminé sonándome
con ellos
y arrojándolos a la alcantarilla.
Por el brasier de Amida,
en el que apunté el teléfono de Ariadna.
Por los ojos de Patricia
que nunca hizo nada más que eso: sólo mirarme.
Por mi madre,
que en este momento está agonizando.
Quién sabe.
Todas las mujeres se merecen un brindis.
Un octavo de Absolut es suficiente.

Hágase tu voluntad

RECARGO EL PIE EN EL TUBO.
No hay nadie.
Son las once de la mañana.
El sitio está vacío
pero prefiero beber en la barra.
El cantinero
me sirve y continúa limpiando
platos y vasos.
Preparando servilleteros.
El lugar apesta a testosterona.
No hay nadie.
Pero ayer viernes estuvo atiborrado.
Pienso en la alegría que había aquí ayer.
Los hombres platicando,
palmeándose la espalda,
rozando sus rodillas
por debajo de la mesa.
Pienso en los músicos.
Tres guitarristas tocando
de mesa en mesa.
Y ahora esto está vacío.
Como la vía crucis al día siguiente de un viernes.
De otro viernes.
Qué vacía se habrá visto.
Tal vez alguien se sentó en una piedra
y recordó a Jesucristo caminando con aquella cruz.
Tal vez alguien recordó los gritos de la gentuza,
la exultación.
El asombro de los niños.
Vuelvo la cabeza
y veo miradas, rostros,
gestos,
manos que se agitan
en este lugar vacío.
Pido perdón a Dios.

Vigilia en las rocas

NO SÉ CUÁNTO TIEMPO ME QUEDÉ DORMIDO.
Supongo que cinco minutos,
quizá siete.
Todo desapareció alrededor.
De ser un murmullo,
las voces fueron apagándose
hasta entretejer una canción de cuna.
Como la que me cantaba mi madre
cuando me dormía.
Abro los ojos y mi copa está ahí
delante de mí,
como un ángel de la guarda
que me diera la bienvenida.
Como mi madre cuando me despertaba
para llevarme a la escuela.
No creo que un hombre pueda pedir más.

ANTONIO LÓPEZ MIJARES

N
ace en Guadalajara, el 10 de octubre de 1951. Realiza estudios en diversas instituciones privadas y públicas de su ciudad. Es pasante de maestría; ha prometido terminar su tesis, sobre Octavio Paz y Plural, para fines de este año 2003.
Desde hace más de dos décadas se gana la vida en actividades relacionadas con la enseñanza y la reflexión cultural. En la actualidad asume responsabilidades académicas en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente; pero es en la docencia donde encuentra su “definición mejor” (“Ah, que tú escapes en el instante/ en el que ya habías alcanzado tu definición mejor”. José Lezama Lima).
Como poeta, él también es parte de la memorable por curiosa Asamblea de poetas jóvenes de México; además sus poemas han aparecido con relativa periodicidad en algunas de las mejores revistas y suplementos, como se dice.
Publicó en 1990 Felicidad en los suburbios claros (Secretaría de Educación y Cultura de Jalisco); en 2000 La casa transparente.1988-1998 (colección Los Cincuenta, del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes). ¿Qué pasará en 2010?
Su arte poética, si tal cosa puede decirse impunemente, está representada por la siguiente estrofa: “será su belleza / la ironía en la belleza / su escarnio (y también su justicia) / esta precaria ambición:/ rimar carencia con presencia” (“Arte poética”, en La casa...)
¿Qué más? Tiene la convicción (modesta) de que escribe eso que llaman poesía por afán de desemejanza, digamos que para darle cuerpo al vacío.
¿Sus poetas? Por ejemplo un tal Arturo Carrera, un tal Estéfano Mallarmé (también un tal Luis Cernuda).
¿Qué más?

Libros de poemas: Felicidad en los suburbios claros, Guadalajara, Secretaría de Educación y Cultura de Jalisco, 1990. La casa transparente (1988-1998), México, DF, Conaculta, 2000.

 

Mendrugos
Tristes astros atroces...
César Vallejo

PUESTOS EN PLATITO
escueto —frugal
de poesía, libérrimo de canto—
así se quedan,
ardientes,
armoniosos cadáveres nadando la pobre sopa.

Espejeos de lo “vivido”,
mendrugos: definiciones que refractan
un laborioso vocabulario de tópicos
y devuelven “la vida misma”,
formulada como hábito o certeza.
Mendrugos: metáfora de la metáfora de la metáfora...

Pero eso a qué suena —diría César— o sabe.
Escucha: para tu boquita
el óbolo,
el osculado sésamo
o esdrújulo tósigo: para tu boquita
la brasa,
cristo-señor-de-los-mendrugos.
Y todo puesto en el papel crudo.

Pues qué son los mendrugos
—grávidos asteroides
en el platito escueto, liso.

Y dan calor, dioses, dicha.
Y qué más: el pan, el hijo, la pobre poesía.

Pedazos
Recordar es obsceno;
peor: es triste.
Vicente Aleixandre

LA POBRE SOPA HIRVIENDO
todavía en el ayer
inaudible.
Madre que estás fuera del tiempo,
madre escrita en la duración
de mi carne andrajosa,
dale vueltas y más vueltas
al cacharro ese que reverbera
como un sol impío
adentro de la noche.

Sobre el mantel en llamas
—mortaja de la mujer en llamas—
la sal derramada, los domésticos enseres,
demonios palpitando.
A la mesa el padre mago,
el hijo ciego cantan
— “sálvenos
la ultrajada leche, el usurero amor”.

Silencio, crepita la lumbre
honesta, bulle la sopa
en su cacharro
melodiosa. Madre que estás
en el sonido intacta...

¿Quién dice
esto que digo?
¿el hijo empavorecido?
¿la madre de su hijo en la cal
viva del poema
preservada para eternidad de tinta?

Poema con nombre propio

PERPLEJIDAD FRENTE A EVIDENCIAS
irrefutables como el suelo
que pisas, te preserva
del horror vacui
y contactos con nada,
imágenes de nada,

tan verosímil, compacta
realidad suplicante de nombres, ironía.

Perplejidad por obvias
formulaciones del hacer o decir,
“tengo hambre”, “desnúdate”,
“me voy”,
arte cortés que hilvanándose
y cobrando estilo, densidad, calor,
será un es, un soy,
¿cómo escribirlos?

Perplejidad de saber:
estar es respirar,
estar y escribir:
“soy antonio lópez mijares,
testigo infiel”.

Perplejidad, pobre asombro,
instrumento de un oficio,
incrustar signos perdurables
en nada, precisamente.

Perplejidad de la tinta
con la escritura, del escribiente
con las fábulas
de la escritura, de las fábulas...

¿quién pone la ironía?
¿el cantor?
¿ironía donde se escribe “nada”?

Efigies
(novela o escena)
A mi padre

(MI) PAPÁ: SE AHOGÓ EN EL ESTUARIO DE UN RÍO EN UNA ÉPOCA.

Hilos, tramoyas, acción en tempo lento ¿la escena?
—proverbial: río de aguas turbias, juncos, cualidad del calor propagándose como un don egipcio

o dicha, diseminé los efectos, recojo apariencias —estuco— apariciones: narciso enredado en su imagen (un ovillo desenredándose es una aspiración de claridad pero, ¿memorizar locamente ese paisaje no es Amor Funerario?

letanía que su hijo musita (¿traduce?):
en ti me ahogué (había un estuario, una época) en una imagen papá te ahogaste una mirada (azul) traspasa el calor una época se perdió en una imagen “río de aguas...” su mirada perdí (narciso transparente) eres la imagen que se ahogó en ti, en mí, conmigo, ven, padre profundo, ven, padre ilegible, entra al poema:
aguas corren trágicas tornasoles

***
... sabor del padre impávido
crepitando entre tanta quincalla de memoria alerta
fijo en su hermosura de efigie
(sobreviviéndose) mármol vibrante sobre una muerte

¿o inmorible
transmite acato, mesura?

soy de tal semilla

—y por siempre calló,
guarecióse en la Costumbre —Guardián de las Fábulas
Esposo y Padre tel qu'en lui-même l'éternité
lejos de su guerra el pequeño taciturno

soy de tal semilla.

***

el niño,
fábula al atardecer:
encontró el deseo
venía por aguas trágicas tornasoles
penetraba su imagen vivía en su mirada
desnudado no tenía nombre
(ya no está el niño en la imagen ahogado)
triste es un deseo

¿qué resta en ti del ausente, del
deseoso,
qué sabemos
de un niño,
piedad incierta
bajo árboles floridos?


addenda

ADJETIVOS, SUSTANTIVOS, EL ORDEN
precario en que se hilvanan
con hilos sensatos
“núcleos de conocimiento”
y aparecen, bellezas,

una fábula egipcia, un río de agua turbia,
calor propagándose entre juncos
como una Dicha
o Poderío

vibrando
en la ironía
de la lengua,
en el sin término
de una expresión,
“intacta y luminosa”

y un padre, el hijo,
su madre,
efigies,
monedas

diseminados
—¿“al vuelo”?

como Fábulas
ese “viviendo”
y entonces
recobra sus sesgados goces

RAÚL ACEVES LOZANO

N
ací en Guadalajara el 9 de diciembre de 1951. Soy soltero; tengo cuatro hermanos, dos hermanas, doce sobrinos y nueve ahijados; ocho tíos paternos, seis tíos maternos y un montón de primos. Mi papá es oriundo de Tepatitlán, especialista en dermatología (miembro de la Academia Nacional de Medicina) y muy conocedor de la historia de México, y mi mamá es del barrio del Santuario, especialista en el oficio de madre y en repostería. Estudié con los jesuitas la primaria, secundaria y preparatoria. Terminé la carrera de Psicología en el ITESO en 1975 y la ejercí durante diez años, hasta que descubrí otra vocación alternativa. En l982 publiqué mi primer poemario, Cielo de las cosas devueltas, y en 1988 entré a laborar al Centro de Estudios Literarios de la UdeG, donde sigo hasta la fecha, dando clases en la maestría en literaturas del siglo XX, haciendo investigación y redactando ensayos sobre temas de poética y poesía hispanoamericana e indígena, aforismos y otras cuestiones, dando asesorías y lecturas públicas, actuando como jurado en certámenes literarios, traduciendo poemas, y desarrollando al mismo tiempo mi labor creativa como poeta y escritor de aforismos, minificciones, periquetes y otro tipo de minimalia literaria. Entre mis aficiones se cuentan la filatelia y la cartofilia, el cine, la música, la lectura, las caminatas, el esoterismo, el excursionismo, el periquetismo, el tallado en madera, los collages, las reuniones de café con los amigos, los temazcales, etc. Una vez estuve en riesgo de morir, en el Iztaccíhuatl, en 1968, y eso me dejó un nuevo sentido de la vida y la marca de las congeladuras sufridas. Soy un creyente buscador de la Verdad, dondequiera que se encuentre. El resto de mi vida se los platico después. Gracias.

Libros de poemas: Cielo de las cosas devueltas, Guadalajara, Cuaderno Breve, l982. Expedición al Ser, Guadalajara, Conexión Gráfica, l989. Las arpas del relámpago, Guadalajara, Departamento de Bellas Artes de Jalisco, l990. La torre del jardín de los símbolos, Zacatecas, Praxis-Dosfilos, l990. Lotería del milagro, Guadalajara, Pato Anacoreta, l996. Dislocaciones y travesías, Guadalajara, ITESO, l997. Caja de islas, México, DF, Conaculta-Instituto Veracruzano de Cultura, l999. Oficios mexicanos, Guadalajara, Conexión Gráfica, 2000. La mirada del camaleón, Guadalajara, Ediciones Arlequín, 2002.

 

Mujer usa

MUJER USA
el cuerpo de un bambú doblado por el viento
se para de puntitas en sus zapatos
para ver mejor lo que sólo ella ve

Mujer es de azúcar y no de tierra
cabellera que llueve desde la noche
mujer usa ojos en lugar de estrellas
usa dedos en lugar de peces

Mujer es una planta en el patio de la luna
y cada día al amanecer recoge su piel
la plancha y se la pone

Mujer usa colores rojos
muy afuera de la sangre
prendas de seda caricias íntimas
sostenes de lo que casi flota
eunucos de organdí,
mujer lleva los amantes de corsetería
pegados sobre sí

Mujer usa envolverse de regalo
para no dejar a la intemperie
su piel más suave y verdadera

Mujer usa llamarse rosa o azucena
pero no alcatraz
usa collar de perlas y aretes de coral
pero no ciudades del fondo del mar

Mujer es incomprensible madre
de todo lo que mira
en su profundidad no nacida,
casi de agua son sus manos
si acaricia un caracol rosado y tibio

Mujer llega de noche
a encender con anticipación el cada día
camaleón y alquimia
Ella, la Maga, su arte es fascinación
luna de variaciones incesantes
totalidad del follaje

Mujer usa ser original
sorprender sorprendiéndose
mujer es testigo de sus variantes
caleidoscopio de los cristales en su piel,
tal es su fórmula de producir belleza
su artillería de novedades frescas

Mujer usa profundidades
huecos insondables
misterios que el no ser habita
casi futuros
mujer esconde dentro de sí
cosas que sólo el tiempo conoce

Mujer en lo más íntimo de sí
eternamente espera
tan sola espera, es su mayor arte
Penélope atisbando el horizonte
mujer está hecha de soledades

Mujer usa caminar
hasta que nunca llega
y entonces, danza

Mujer se pone a llorar
para regarse
carga tanta agua dentro de sí,
mujer usa bolsa universal
alforja de canguro donde carga
cháchara tiliche cosita

Mujer usa la cosa de las cosas
la cosa cosa
mujer no cree en metafísica alguna
pero cree en todas las cosas

Mujer usa labios
su boca, flor de dos pétalos
su flor, dos gajos de fruta incomible
que pronuncian deseos
gajos de lo indecible,
labios que al fin se resignan
al silencio de su rajada

Mujer usa ser hombre
para conocerse desde él,
desde su otro allá

Mujer usa ser Dios
cuando el alma se le sale
y ya no quiere volver
a su cuerpo al fin vacío
como estrella en la carne de la noche

Mujer es el Universo
donde Dios vino a nacer.

Homenaje al gitano de la tierra

AL OBSERVAR EL HILO DE SEDA
que va dejando embarrado sobre el cristal
comprendo que las rutas del caracol son misteriosas:
sólo el caracol sabe a dónde va.

El caracol en su tienda de campaña
acampa donde sea, es un nómada perpetuo,
es un solitario empedernido
que ni siquiera procede del país de los caracoles;
es un hermafrodita promiscuo
tal vez el modelo del Andrógino
que ya no suspira por su mitad perdida.

Las constelaciones espirales
son los caracoles que dejan un hilo de luz
al deslizarse lentamente en la tierra negra de la noche.
Si escuchamos al caracol
oímos el sonido más antiguo del mundo,
el corno de la primera orquesta
que se escuchó en la profundidad del aire.

Si tuviéramos paciencia suficiente
un día llegaría el caracol hasta nosotros
y nos revelaría su secreto,
pero siempre estamos huyéndole
pues sabemos que su secreto nos desbarataría
igual que la sal a su cuerpo de gelatina fría.

Homenaje a una niña en su columpio

LA NIÑA BLANCA BALANCEA SU CUERPO FELIZ
borrándolo y pintándolo en la ráfaga del tiempo
Su ave se acuesta en la espalda del paisaje
a esperar que se abra la puerta violeta
por donde ha de cruzar en su caballo alado
Alguien desde lo alto conocerá su nombre
y la llamará con las voces del relámpago.
Aquí la Tierra la verá irse en silencio
como las flechas de los venados azules.

Torre de Jamay
En Madrás hace un tiempo largo
vi una pirámide azucarada
una torre de dulcería.
Pablo Neruda

EN MÉXICO TODA POBLACIÓN BIEN FUNDADA
tiene un kiosco en el centro de la plaza.
Por excepción, aquí construyeron una torre.

En México toda plaza es laica y conmemora
A Juárez, Hidalgo, Madero o Cuauhtémoc.
Por excepción, aquí conmemoran al Papa Pío IX
y al dogma de la Inmaculada Concepción.

En México los monumentos son de bronce o piedra,
señoriales o austeros, casi europeos o casi bolcheviques.
Por excepción, aquí construyeron un pastel de merengue,
blanco y azul como el partido de oposición.

En México nadie mira los monumentos,
son naturales como los perros o las bancas.
Por excepción, éste no puede ser ignorado ni olvidado,
como ocurre con las obras maestras del arte kitsch.

Torre del imperio

DESDE EL ÚLTIMO PISO DEL EMPIRE STATE
no me siento en la cumbre del mundo.

Me siento hormiga mirando hormigas
y más bien me dan ganas de volar
de ser gaviota, albatros, cormorán.

Desde la torre del Imperio de Manhattan
no escucho la voz de Thoreau ni John Muir
constructores de torres horizontales: caminantes.

Aquí no siento el temblor sagrado
que me produce la copa de cualquier árbol.

Esta torre llegó muy alto,
pero no llegó a donde yo iba.

Sobre todo aquél

CUALQUIER ÁRBOL ES UNA TORRE,
Sobre todo aquél del patio de mi casa

cualquier infancia es una torre,
sobre todo aquélla de la azotea de mi casa

cualquier novela es una torre,
sobre todo la de Daniel Defoe
en la isla de mi casa

cualquier árbol es un instrumento para soñar
las vidas que no se vivirán

cualquier árbol es una torre de vida
sobre todo aquel hule de leche blanca
árbol-vaca de hojas anchas
que un día cortaron porque tumbaba la pared
y hundieron, porque estaba conociendo el mar

cualquier árbol sube hasta su muerte
sobre todo aquél que me subió
hasta lo más alto de su semilla.

Homenaje al que murió antes de nacer
A Charlinne y Andy

TUVISTE A TU HIJO, PERO TU HIJO
no tuvo tiempo de tenerte a ti
o quizá le bastó un instante;
el aire del mundo no lo pudo soportar
tan puro venía y de otra atmósfera
su espíritu era un cometa
que sólo nos tocó con su cauda
y dejó un rastro de polvo sideral.

Y tú, pequeño viajero en el amor
argonauta en el océano maternal,
cuando al fin llegues a tu playa blanca
recordarás todos tus nacimientos
y las veces que renunciaste
a tener un nombre, una edad,
a cambio de seguir girando
en el carrusel de la eternidad.

La bicicleta voló al cielo

LA BICICLETA VOLÓ AL CIELO
del otro barrio prometido
le salieron alas para rodar en las nubes
le nació una ligereza del alma

la azotea vio pasar la bicicleta
con más vuelo que una golondrina
llevaba agarradas del manubrio
las manos de un hombre sorprendido.

RUBÉN HERNÁNDEZ

N
acido en los albores de la década de los cincuenta (1952), en una Guadalajara barrial, me sé un viejo que escribe en escasas dosis, atento a una inveterada fórmula (reinterpretada por mí): si malo, pero breve, menos malo. Casi abandonado mi ejercicio jurídico en aras de las letras — sin ironía—, me integré a talleres literarios en la Casa de la Cultura y el Ex-convento del Carmen. Mis primeros logros literarios los perpetré en el ya fallecido INJUVE (1975) donde gracias a la generosa intervención de Luis Patiño obtuve desvergonzadamente en dos ocasiones premios en poesía y cuento. En el mismo año, estuve a punto de publicar mi primer poemario después de haber obtenido el segundo lugar en un concurso de poesía convocado por el Departamento de Bellas Artes, pero no obstante publicitada promesa de edición, al licenciado Juan Francisco González le parecieron poco dignos de imprimirse mis te esfuerces poéticos. Con Raúl Aceves y Jesús Paz editamos la hoja literaria Vértice, en la que sin ningún escrúpulo nos autopublicamos. Después, sin ápice de precocidad, alguien se atrevió a publicar mis textículos poéticos en De motivos familiares (1983). Por merísima precariedad económica y oficios de Guillermo Victoria, llegué a la FPU de la Universidad de Guadalajara; ahí se encontraba Raúl Ramírez y organizamos la Colección Creación Literaria, en cuyo primer número publicamos nuestros relatos (1991). Ya en edad más avanzada, y con el apoyo de Arcelia Urzúa y Elvia Rosa Velasco, publiqué una colección de poemas en Entrelíneas. Escritores del SEMS. Antología (2000). Más por cuestiones crematísticas que por lauros literarios, obtuve algunos premios locales en la FIL, Papirolas, Dirección General de Extensión Universitaria de la Facultad de Estudios Políticos.

Libros de poemas: El sueño del pescado, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 1991. Poemario, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 2000.

 

Paréntesis entomológico

LA MOSCA
“Para hacer el amor
pocos brazos tienes”
pienso que piensa
cuando desciende
al dorso de mi mano.

“Pocos ojos,
la gravedad te determina”
Después se posa burlona
en la nalga de mi amada.

Continúa el son

1
ES UNA FRÍA MAÑANA AUSPICIADA
con acordes de autos y violines.
J. Strauss valsa entre los despojos
de la última insoluble pesadilla.
El teléfono suena: claro y enérgico,
se incorpora por méritos propios
al inaugural presentimiento
del siemprevivo desastre
confirmado al paso de las horas.

2
EL DESPERTADOR MARCA LAS SEIS DE LA MAÑANA:
visto a la distancia que media
entre carátula y manecillas,
lo anterior no es un naufragio.
La perspectiva se pierde
a la simple mención de irrisorias
magnitudes espaciales,
pero basta acercar un mínimo el corazón
para ahogarse en la tormenta.

3
MI HIJA DUERME,
se pasea invulnerable
por un camino de azules estrellas.
Yo constituyo la presa fácil
de su agudo escarnio,
de su amor evanescente.
Mi hija duerme.
El reloj tirita.
Strauss valsa indiferente.
Nadie contesta el teléfono.

4
LA MAÑANA PUEDE SER EL MISMÍSIMO DIOS
en átomos de luz (cristales minúsculos
en la hoja escrita),Strauss, el sueño de la niña,
el aroma, el clima, el teléfono.
Todo bien puede ser Dios
si yo quisiera
o el naufragio
si mi tristeza
así lo decidiera

5
SI ESTA MAÑANA ACUDIERA A MI MAL PAGADO EMPLEO
incurriría en un crimen de lesa humanidad.

6
UNA INCONTENIBLE ALEGRÍA ENFURECE MI RAZÓN
Pierdo todo asomo de animal inteligente.
¿Quién puede abandonar por propia voluntad
la maravilla del instante?

7
PROMETO RECOBRAR LO PERDIDO,
pagar lo debido,
deponer el sentimiento de la afrenta,
hacer ejercicio,
fumar menos,
emborracharme aún menos. Así lo determino
mientras este río de sucesos irrumpe
al derecho y revés de mi cabeza.

8
NUBES BLANQUÍSIMAS FLOTAN EXTRAVIADAS.
El olor a vida se me impregna.
Taza humeante de café en el desayuno.
7 A.M. de un lunes temerario.
Seguiremos atizando el incendio
en este violento
y próximamente inhabitable espacio.

 

Motivos verdaderos

LA FAMILIA SE ENCUENTRA CONMOCIONADA.
Había amor: todo se ha perdido.
Las valiosas pertenencias
quedaron anegadas en el cieno.
Las gratas memorias convertidas en fantasmas
rumorean por las habitaciones de la casa.
Un tenebroso eco
revela antiguos pasatiempos familiares.
El polvo se ha tornado intrínseco al ambiente.
Fue un hogar: ya no lo habitamos.
Lo grave es que la familia, como dije,
se encuentra conmocionada.
Se culpó de ello a la hipoteca
gravitante sobre la finca.
La verdad nunca nadie quiso
encontrar los motivos verdaderos
que causaron la tragedia.

Bajo la saeta solar

BAJO LA SAETA SOLAR DEL MEDIODÍA
la sombra de cualquier árbol
late indecisa igual que nunca
Heráclito sólo tenía parte de razón:
todo fluye y esta sombra y este árbol y yo
no seremos los mismos
cuando la luna muestre sus obscenos dientes,
pero de algún modo inexplicable
alguien me reconoce y me saluda y pronuncia
mi nombre como si todo esto fuera en efecto natural.

Antiapocalíptico

UNA BANCA DE CUALQUIER PARQUE
Manos enlazadas
Dos rostros
Humedad en la piel
Olor líquido de vegetales
Una boca besando
Otra boca
Ella: te amo
Él: yo también te amo
Aparecen cuatro estúpidos jinetes
que dicen ser los enviados y anuncian
el fin del mundo
Ella y él, sabiamente, no interrumpen nada
(él ha introducido la mano por debajo
de la falda azul de adolescente).

RAÚL CABALLERO

E
l lector encontrará enseguida algunos poemas que han permanecido sin extraviarse en los vaivenes de este autor, un escritor que ha vivido la palabra viaje de muy distintas maneras, sin acabar de cruzarla (para mi fortuna).
Los antologadores tienen mi gratitud porque han sabido entender, pese a mis correrías, mi pertenencia a Jalisco, mi tierra adoptiva (también de muy distintas maneras).
Nací en Monterrey, Nuevo León, en 1952, de padres coahuilenses (ambos de Saltillo); con mi abuelo materno, Antonio García Narro, dando cátedra en el Ateneo de esa capital y el paterno un villista de Zacatecas con nombre revolucionario, Felipe Caballero de León.
En Monterrey me formé y allí mismo realicé mis primeros viajes. Cursé la primaria entre el Colegio Franco-Mexicano y la escuela Club de Leones 5, la orfandad materna (mi madre murió a mis seis años) y la ausencia paterna (mi padre vivió su viudez en Estados Unidos) me inculcaron una actitud de rebelde. La adolescencia transcurrió bajo la ley de la calle, era de los cabrones en la colonia Mitras. Me decían El Cuervo. Durante la prepa (en la 2) me adentré en el jipismo y tras unos años de luz negra y sicodelia me trasladé a Mexicali, Baja California. Luego me fui al otro extremo del país, viví en Comitán, Chiapas, y finalmente, a mediados de los setenta, llegué a Guadalajara, donde me anclé: eché raíces. En esta ciudad estudié letras españolas e hispanoamericanas en la Universidad de Guadalajara (sin graduarme).
Compartí con Elías Nandino mi primer libro de poesía completo (inédito y perdido). Compartí actividades editoriales con entrañables amigos realizando la revista Péñola en dos épocas. Viví como burócrata mientras iba a la facultad. Compartí mi vida con una mujer tabasqueña, tenemos cinco hijos y todos ellos nacieron y viven en Guadalajara, hoy todos ellos son universitarios. Trabajaba como corrector cuando comencé a viajar a distintas latitudes estadounidenses, viajando siempre de regreso a mis hijos y a mi mal pagada ocupación periodística.
En determinado momento me detuve en San Antonio, Texas, donde tras innumerables vicisitudes, con nuevos entrañables compañeros fundamos un periódico editado en español que se llamó El Papel de San Anto. Por entonces (1992) en la editorial del gobierno estatal de Nuevo León, otro poeta, editor de nacimiento, Alfonso Reyes Martínez, saca a la luz mi único libro publicado hasta hoy bajo el título El agua inmóvil.
A San Antonio lo pusimos de cabeza y mi nueva compañera (una mujer tapatía) y yo nos venimos al norte de Texas, vivimos en Carrollton, una ciudad al norte de Dallas (donde nació nuestra pequeña hija) y al este de Fort Worth, ciudad donde trabajo como subdirector de La Estrella, un periódico editado en español. Publico apuntes cada semana también en La Opinión de Los Ángeles, el Hoy de Nueva York y en La Grilla (revista mexicana “en línea”).
Viajo con cierta frecuencia de regreso a Guadalajara para encontrarme con mis hijos.

Libros de poemas: El agua inmóvil, Monterrey, Gobierno del estado de Nuevo León, 1992.

 

Tita sin fin, blues

BIENVENIDA MÚLTIPLE CONCÉNTRICA
llegarás con tu carga de aventuras y desventuras en el corazón
pero sabrás que tu sitio lo tienes siempre en éste que se me agolpa;
a todas partes llevas a este loco que te ama

La casa ha sido obscura e inmensa.
Sin ti su multiplicidad es un infinito
tú eres el centro de sus dimensiones,
el eje de mis evocaciones
donde te encuentras está mi hogar perfumado entre tus piernas
vagabundo en Nueva Orleáns

Has llegado maletas en mano
bolso al hombro
postales con Monet: itinerarios coincidentes,
como tus besos y tus lágrimas
infaltable equipaje de tus viajes

Reminiscencias del trompetista de Austin a orillas del Mississippi
el viento te golpeaba tanto como la canción del solitario
como el viejo y sucio sombrero en el piso
vacío a las siete de la mañana tu corazón lejos de mí
tus pasos hacia el Café du Monde donde mi sombra se sentó a tu lado
tu destino que se quedó en las cartas del tarot en Jackson Square

Saltimbanquis aturdiendo el aire/
payasos con metáforas en versos y manos/
trovadores jazzistas dándole un concierto callejero a ti y a tus amigas después de la cena/
el nieto del blues y su abuelo negros que te hicieron llorar en la plaza/
el canto de los niños que te iluminó en la catedral/
la soledad del hotel/
Todo, cada escena, es equipaje para este blues

Tus pasos que me devolvieron
tu proximidad que llevó mi mano a encender luces y abrir persianas
para que tus ojos miraran la Casa Alta iluminada
desde un taciturno taxi doblando la colina del cementerio
tú a punto de concentrar tu multiplicidad
en mi abrazo de nuevo por ti apaciguado.

Nuestra tristeza siempre ondeará por el mundo

NO ES QUE ME HAGA DAÑO AMOR MÍO, SINO QUE TE AMO,
zorra esteparia.
Siento tus mordiscos dentro de mis libros, en el sonido de mis canciones,
en los actos de mis amigos.
Tu aliento me golpea el rostro cuando llueve.
Me dueles lejana. La bondad de unos tragos secos
nada tiene que ver con la dulzura de mi apego
las palabras ebrias no tienen indicios del olvido
la destrucción soez es lo contrario de nuestra soledad,
algo profundo y en ruinas y lentamente amoroso.
Sangre que escurre de un corazón carcomido
la tortuga de la desolación mordisquea y bebe
en ese charco, hueco mío, pretil de la desazón.
Lo anormal es el origen de la belleza.
No es que sea cruel, sino que lo perverso de tu fidelidad
es la raíz del desistimiento
el tronco de la locura. Un día sin lluvia.
Lo normal es el límite de la belleza, de la dicha, de nuestra libertad, entrañable amiga.
La palabra adiós omite todo remordimiento
recapitula sombras, recorrerá la negritud de la esperanza
pero no la salvación, bienhechora mía, pero nunca la salvación,
sangre de mi sangre
nunca nadie naufragará como nosotros
nuestra tristeza siempre ondeará por el mundo
somos de los que se pierden entre los siglos
nunca nadie nos encontrará en nuestros libros
somos el recuerdo de los que conocen el olvido
somos los que se encuentran en los desiertos
somos lo más arduo y delicado
somos los que conformamos el ápice del laberinto
eres irremediablemente el miedo que imploras
soy los pasos que no darán los otros
somos el grito del polvo, la materia del gavilán,
los que reposan en el interior de la felicidad boca arriba.
Somos los ignorados y nos abrazamos y aquí estamos, tratando en vano de reconocernos, y es bueno porque lo sabemos hasta el final.
Lo asiduo de la tristeza miope y burda es el reloj del dolor
la ternura es el razonamiento cotidiano del amor, el sentido de los ofrecimientos: el descubrimiento de tus sueños, la línea que los traza… la quietud de la tristeza.
Por eso cuando estés trilce asómate a mi bandera
encontrarás que te amo de este lado del tiempo.

RAFAEL GONZÁLEZ VELASCO

N
ací en Guadalajara, el 13 de marzo de 1953. Pertenecí al segundo taller literario del Doc Nandino. Trabajé en los talleres del desaparecido Ferrocarril del Pacífico. Fui corredor del Club Venados, que tuvo el orgullo de contar con un atleta en los Juegos Olímpicos del 68. Emigré en 1986 a los Estados Unidos. Actualmente resido en Milwaukee, Wisconsin.

Libros de poemas: Alientos de libertad, Guadalajara, Departamento de Bellas Artes de Jalisco, 1981. Horizonte perseguido, Guadalajara, Secretaría de Cultura de Jalisco, 1993.

 

Saludos

DESCORRO LAS CORTINAS DE MI VENTANA.
Al abrirla
el árbol me agita todas sus ramas.

Niño temeroso

AL CHARCO DE AGUA NO SE ACERCA.
Si allí cayera nunca saldría.
Inmóvil en el fondo acecha
el cielo.

Guanatos
[fragmentos]

1
EN LAS PRIMERAS TARDES DE PRIMAVERA RECORDÉ MIS LLANOS
perdidos.
Míos y de todos los niños que alzaban su corazón
en el lomo de papalotes,
soltándoles cuerda para que llegaran al cielo.
Esas tardes se llenaron de vacas lecheras,
las milpas de los sembradíos de maíz manotearon
el viento
y el azul se mancho de parvadas.
Algunas y algunos todavía recuerdan aquellos
buenos tiempos.
Recuerdan el fluir de los arroyos y el canto de las
ranas,
el aire de las arboledas que aspiraban
profundamente
y levantaba la hojarasca de sus pechos.
Recuerdan que cortaban flores silvestres al caminar
descalzos sobre pastos húmedos
viendo a cada tarde bajar el sol por el horizonte.
Regresan a esos años y se miran las bolsas del
pantalón gordas de canicas,
muñecas de trapo duermen a todas horas con los ojos
abiertos.
Pero el trenecito de juguete donde viajaban se salió
de casa y encarrilo su ruta en rieles de acero,
las muñecas cerraron los ojos y lloraron al abrirlos
y ellos y ellas fueron a la deriva por un mundo nuevo
pero sin aventuras;
allí cambiaron por baratijas los buenos tiempos.
Muchos olvidan ese ayer y siguen adelante con unas
cuantas memorias,
parecen decir con su actitud "tenemos que seguir los
pasos del tiempo”.
Es verdad y creo que andamos en las mismas,
pero en el fondo intentamos recuperar
lo que dejamos en aquellos años perdidos.

 

He andado mucho entre los cerros

HE ANDADO MUCHO ENTRE LOS CERROS.
No sé qué me hace recorrer distancias;
tal vez adelante me lo digan.
Sigo un sendero cuesta abajo,
al final encuentro una corriente de agua,
es momento de hacer alto.
Descalzo mis pies y se los entrego al arroyo
y el se lleva con tenue fluir mi gran cansancio.
Aspiro profundamente alegre.
Miro mis pies hundidos en el agua.

Horizonte perseguido

SENTADO EN LA PLAYA,
después de haber caminado largamente sin la sombra de
nadie confundida en la mía
sobre la arena,
miro al sol del horizonte tendiendo un sendero de oro
viejo hasta mis pies desnudos.
¿Con qué propósitos?
Tal vez me dice enigmáticamente: "Recórrelo, puedes
alcanzar en él la lejanía de tus deseos.
Ven a cumplirlos al borde del horizonte."
Vuelan gaviotas mientras empiezo por el sendero.
Una golpea el sol con la punta de su ala y lo hunde
precipitadamente.
El sendero también desaparece.
El barco pesquero que vuelve de Altamar
ha cruzado mi ojo derecho
y esta entrando a navegar en mi ojo izquierdo;
la noche se levanta de su estela.
Diez pelícanos dormitan en una roca negra que arroja
espuma.
Las olas expulsan del agua botellas sin mensaje
aparente.
El barco anuncia que ha llegado al puerto.
Una muchedumbre camina a mis espaldas.
No estoy solo bajo el cielo.
Flotan vestigios del día entre mis pensamientos.

EL VIENTO MUDA EL AIRE.
Deja espacio
para la luz del sol.

Agua brota del suelo.
Lenguaje transparente de la tierra
que sale a correr la voz.

Esta lluvia forma círculos
en todos los charcos
de mis ojos.

Polvo en el piso de nuestra recámara,
frente a la cama y junto a las paredes;